Ascensión a la Peña de la Cruz (Mampodre)
Parque Regional de los Picos de Europa


Luis A. Page Zabala

Nos vamos adentrar en la magnifica provincia de León, donde se encuentran algunas de las montañas más espectaculares de la Península; son aquéllas que cuando el invierno es riguroso se hacen más duras, saliendo siempre en el periódico y los telediarios por su aislamiento, que marca la vida y hacienda de sus gentes.

Los Picos de Europa al este y la Cordillera Cantábrica hacia el oeste definen todo el norte Leones hasta el entronque con los montes galaicos. Todo este arco montañoso es la gran barrera que frena la acometida atlántica del Finisterre en el nordeste ibérico, configurando así una provincia que se va secando en el sentido que discurren los ríos hacia el páramo continental.

Tras la conmoción que producen los Picos de Europa en la Cordillera, ésta vuelve a tomar su aire de cordal; aquí, desojándose un poco del mismo, se levanta la fortaleza de los picos de Mampodre, con sus aislados 2.190 metros de piedra caliza, testigo mudo de los ya sumergidos valles de Vegamian en el río Porma y Riaño en el Esla.

Nos acercamos a nuestro monte por su cara norte, donde se recoge el pueblo de Maraña en su exclusivo valle de esta tierra de merinos (aún está en pie y aparenta salud y uso la casa de uno de ellos en el pueblo de Burón), bajo la imponente sombra del macizo.

A lo largo del vallejo los prados se extienden perpendiculares al río de Maraña, separados por contundentes vallas de madera de una sola pieza (cada palo largo y grueso de roble del país se apoya en una cruceta que parece cortada del primer ramaje fuerte de un árbol ya maduro).

Maraña parece abrigarse al calor del roquedo boscoso orientado a todo el mediodía (escaso y en invierno casi inexistente) que le permite nuestra mole-objetivo; sin embargo y dada la orientación al levante del valle, los amaneceres no tienen precio.

Dejamos el pueblo remontando el curso del río, quedando a la derecha el ayuntamiento del Cagüezo, del que sabremos más tarde. Bajo la omnipresente sombra del Mampodre, nuestro ayuntamiento viene ciñéndose a la colosal arista que sube a la Peña de la Cruz (con este nombre se conoce la cima principal), y acariciándola baja entre magníficos pastos salpicados de rocas desprendidas, matorrales y pequeños golpes de arbolado (haya, rosales, servales...); tras girar noventa grados, el valle se acomoda y se eleva limpiamente de manera directa al collado de Murias, 600 metros más arriba.

En el fondo del lineal valle, donde se aprietan los pastos reverdeando más y esponjándose, hay un venero donde se encuentra un pastor que viene en verano desde los Barrios de Luna. El hombre nos dice: “beber como si fuera sopa, que esta muy fría”; y así fue. Hechas las despedidas y ante la mirada lánguida de sus templados mastines leoneses, a los que acompaña una pequeña e impertinente perra guardiana, penetramos en el canchal que acumula el desbrozo de las hayas de las cumbres.

El terreno se pone áspero y aun siendo inestable, es sincero hasta la cumbre principal, diferenciada por su cruz al norte. Una vez arriba, como siempre, la luz.

Al norte, las Asturias, tapadas por el cordal. Destacan la Peña Ten y su hermana Pileñes (“Ten y Pileñes, buen par de peñes”), guardando el frenesí de sus bosques. A la derecha los innumerables perfiles de Picos de Europa y la perfecta pirámide del Espigüete, que parece escaparse de la montaña palentina tras lo que queda del valle de Riaño y sus potentes bosques. A la izquierda el cordal alejándose por el puerto de San Isidro y también el Pico Ausente y su altísimo lago del mismo y mágico nombre, dando agua al tajo del río Porma. Al sur nuestro macizo se deshace en la Sierra de Murias de idílicos pueblos que se esconden de lo que queda de la cuenca minera de Cistierna. Por último y ya a nuestros pies, Maraña y su valle, diminutos.

Descendemos hacia el collado de Maraña (1.700 metros), manteniéndonos en un continuo sube y baja hasta alcanzar el collado de Tronisco y la Hoya del mismo nombre.

Pastos alpinos, terreno dulce y elevado donde las simas delatan el karst. De aquí parte el ayuntamiento de Cagüezo para Maraña de nuevo. Nosotros seguimos rectos buscando las copas de los pinos que nos llevaran a la otra vertiente.

Los primeros pinos aparecen bien zurrados, pagando su osadía de poblar estas alturas. Poco a poco al caer por la loma alcanzan todo su esplendor. Nos encontramos ya en el “Pinar de Lillo”, bosque relíctico de pino silvestre. La hora es ideal; el color “francamente rojizo asalmonado” de su corteza parece arder con la luz de poniente. Embolsados en el pinar hay pies de hayas, robles e impacientes e inmaculados abedules, entre otras especies. El recorrido es tonificante.

Tras el venteado caminar por las soleadas crestas descendemos al valle del Porma, oscurecido por la potente sombra de la Peña de San Justo (1.950 metros), cónica y también separada del cordal.

El pinar nos devuelve al coche y este al planteamiento de hacer gala de la sencilla y bien surtida cocina leonesa. La suerte nos llevó al pueblo de Acevedo y a su fonda; comida casera, sin flores de ninguna clase. La señora nos puso la comida sin hablar: sopa de cocido, ternera guisada, fruta a mansalva, vino, café y orujo. Nada más y nada menos, ... y a casa calladitos.


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