Ascensión a la cumbre del Moncayo
Parque del Moncayo (Zaragoza)


Luis A. Page Zabala

Situado entre la Meseta y las áridas planicies de la depresión del Ebro, el Parque del Moncayo se levanta envuelto en un halo de misterio que ha inspirado a escritores de todas las épocas.

Los excepcionales valores naturales de la vertiente norte de este macizo ya fueron reconocidos en 1927, cuando fue declarado Sitio Natural de Interés Nacional. En 1978 se reclasifica como Parque Natural. En 1998 se declara Parque por el Gobierno de Aragón, siendo gestionado por el Departamento competente en materia de Medio Ambiente de esta Comunidad Autónoma.

En el Moncayo se condensa todo lo que es una montaña en singular, dejando claro que en ella sola se manifiesta la elevación natural del terreno. Su definición básica percibida desde gran parte de su contorno y su nítida mole se imponen en las duras tierras sorianas. Es el referente Vasco-Navarro del mediodía y en Aragón es un dios para los montañeros, que suben a las montañas "porque están ahí"; el Moncayo está y no es imprescindible escucharle en la ascensión y compartir la mirada desde la cumbre.

Nos hemos propuesto realizar la travesía de Aragón a Castilla, pasando del vergel natural y cultural de la cara oeste aragonesa a la severa austeridad castellana. La senda que vamos a seguir se construyó en 1860 para facilitar el ascenso a la cumbre de astrónomos nacionales y extranjeros interesados en observar el eclipse solar de ese año.

La travesía discurre por una zona cuya principal característica son los inviernos largos, fríos y con nieve abundante. Esta circunstancia ayudó en otro tiempo a los habitantes de la zona a obtener beneficios de una aparente adversidad. De este modo, y para abastecer las necesidades de poblaciones como Borja o Tarazona, en el Parque del Moncayo se construyeron numerosos neveros.

En zonas donde la nieve se acumulaba con facilidad todos los años, los habitantes del somontano levantaban con paredes de piedra construcciones circulares de alrededor de cinco metros de altura y otros tantos de diámetro. Dentro de ellas se aprisionaba fuertemente la nieve formando capas de hasta un metro, intercalando entre capa y capa una de paja de centeno, apropiada para mantener la humedad. Una vez lleno el nevero, se disponía una última capa de paja cubierta por ramas de enebro.


En los meses de verano y aprovechando las horas nocturnas, la nieve prensada se cargaba en serones tapados con paja que eran transportados a lomos de mulos para llegar antes del amanecer a las localidades de destino, desde donde se repartían incluso hasta Zaragoza.

Tanto en Borja como en Tarazona y otras poblaciones cercanas existían tiendas que se dedicaban a la venta de nieve para los hogares, y que se guardaba en las llamadas neveras, antecesoras de los frigoríficos que ahora conocemos. Volviendo al asunto que nos lleva, iniciamos nuestro itinerario arrancando del campamento juvenil, apoyándonos en el cauce del Barranco del Pedregal, nombre justificado como veremos mas arriba, para evitar en lo posible la pista asfaltada que sube al santuario del Moncayo. Atravesamos una amplia variedad arbórea (pinos silvestres, rebollos, hayas, etc.) y entre tremendos canchales nos llegamos a la última mata de pinar, que abriga al santuario. Poco mas allá la ermita y la fuente de San Gaudioso, desde donde la vista es espectacular, consustancial con la ubicación de un lugar de culto. El manto vegetal se desliza ladera abajo, surcado de cauces con pueblos acomodados en las riberas, hasta topar con las tierras ocres y arrugadas de la depresión del Ebro.

Detrás del santuario sale un sendero bien definido y marcado que remonta rápidamente, dejando poco a poco los pinos abanderados por el viento paso a los enebros rastreros (que se esmeran en la labor de sujetar el terreno) y a los breves pastos cervunos. Así llegamos a la base de un circo seco y romo que se forma bajo la cumbre.

Este es uno de los restos de los tres circos glaciares o "pozos" (como se conocen en la zona) existentes en el Parque. Los glaciares excavados hace miles de años en la vertiente aragonesa son muy pequeños si se comparan con los del Pirineo o los de los Alpes, pero de gran importancia ya que son los que se encuentran más al sur de la Cordillera Ibérica. Además nos permiten conocer la extensión de los hielos durante el último millón de años, periodo en el que la tierra ha estado sometida en diversas épocas a un clima en el que los factores dominantes eran los fuertes fríos y las nieves perpetuas.

Un sendero nos lleva por la izquierda del circo, zigzagueando penitente hasta alcanzar la cuerda. Todo es grande en el inmenso lomazo inabarcable de esta cuerda que cadenciosamente nos deja en la cumbre.

En la cima nos sentimos insignificantes. Es tan grande que nos conformamos con estar aquí y pensar lo que podríamos ver en la lejanía si una ventisca de nieve no nos lo hubiera impedido; al norte, tras Tarazona, la agricultura exuberante de la ribera deja paso a los montes vascos; al este, nuestro camino dirigiéndose al Monasterio de Veruela y el Campo de Borja, antes de llegar al Ebro zaragozano; al sur las cumbres del mediodía de nuestra sierra, La Negra y La Lobera, con sus 2.200 metros, se cortan en el infinito impidiéndonos ver el discurrir anárquico del Sistema Ibérico; y al oeste, la Extremadura de Machado, las continentales tierras altas sorianas, perplejas como nosotros con los cientos de aerogeneradores aquí instalados.

Dejamos la cumbre y su Virgen del Pilar para descender hacia Cuevas de Agreda, ya en la vertiente soriana del macizo. Cogemos a la izquierda el sendero que nos subió para tomar poco más abajo el camino que conduce a la vaguada del arroyo de las Peñas Negras. Descendiendo un corto y empinado canchal nos adentramos en un desperdigado pinar que arropa el serpentear del incipiente arroyo entre retamas y pastos. El terreno se suaviza al llegar a una hermosa mata de rebollos y más abajo abandonados el arroyo para caer bajo la sombra de nuestra montaña.

Recompuesto el equipo dudamos si paladeamos la cocina aragonesa volviendo a la fascinante Tarazona, o ya de vuelta a casa parar en Almazán. Nos decantamos por la ciudad pequeña y noble de Soria.

Ya conocidos los tientos, al pan pan y al vino vino, en este caso cordero "sublime", un vino bueno y bien medido, una ensalada y una cuajada casera. Es lo que hay y lo que precisamos.


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