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Ascensión al "Espigüete" |
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La montaña que desde niños hemos reflejado en nuestros primeros dibujos, el triángulo imperfecto moteadito de blanco en el vértice superior, existe, podemos verla. Es "El Espigüete", que se levanta en la linde entre Palencia y León, y se nos muestra como un privilegiado observador de la conmocionada comarca de Riaño. A la vez, y como un faro costero que guía la Cordillera Cantábrica desde la montaña palentina, nos apunta lo que tiene tras de sí: los Picos de Europa. El Espigüete exige para su conquista estudio reposado y determinación. Es una montaña brava que desde la mayoría de sus lados parece inexpugnable, pero que sin embargo tiene su puertecita. En este caso su arista este, que se asemeja a la espalda de un gigantesco oso sentado, y que se remonta tras no pocos esfuerzos y sin mucha dificultad hasta su hombro; una vez aquí, la cabeza queda para el gozo alpinístico. Esta será la delicada y potente tarea de un recorrido aéreo y espléndidamente luminoso. A finales de Marzo, las infinitas rectas de las carreteras del norte de Palencia nos clavan como flechas en su montaña. Llegamos al atardecer a "Cardaño de Arriba", seguros de encontrar algo de cobijo en su mudo caserío semi-abandonado, y que a buen seguro nos evitará montar las tiendas. En el pueblo algunas casas lucen a duras penas sus ventanas, como si estuvieran languideciendo. Pasamos la noche en las escuelas abandonadas, donde embargados por la nostalgia, casi sobrecogidos, nos sentimos observados por los ojos de estos rescoldos de la memoria que aún le quedan al pueblo. De madrugada descendemos al valle, dejando a Cardaño enclavado en el centro de la base del impecable circo que forman el Pico Curavacas a levante, el Pico de las Lomas al norte, y el Pico Murcia a poniente. Aquí se ve nacer el río Cardaño, de corto recorrido, que antaño era rápidamente absorbido por el Carrión; hoy en día se sumerge en el embalse de Camporredondo, situado a los pies de nuestra montaña. Tras cruzar el arroyo Mazobres, último tributo en la margen derecha del agudo valle de Cardaño, comienza la arista. Al principio su loma se viste de brezo, si bien se muda rocosa rápidamente. El caminar es cómodo y franco hasta la zona del ya definido hombro, donde la piedra manda sin contemplaciones, mostrándose como un espolón en forma de placa. Hay que ir con tacto. Gracias a la adherencia de la caliza se supera con elegancia, accediéndose finalmente a su encastillada cresta cimera. El recorrido es majestuoso, como el vuelo de un águila, y comprometido en ocasiones, teniéndonos que concentrar en algunos puntos, donde los abismos son palpables y los pasos delicados, para hacer cima. Una vez en ella la sensación es la que se tiene en las grandes montañas, de satisfacción contenida, ya que aún queda la mitad del trabajo y el más expuesto: el descenso. Pero la vista es gloriosa: al norte, la cordillera nevada; al sur, los escasos y diminutos pueblecitos y el comprimido embalse de Camporredondo, embalse donde reposa el río Carrión antes de toparse con el ingenio del hombre en la central térmica de Velilla, y cuya columna de vapor y humo rompe la línea del horizonte. Al este podemos observar el casi tenebroso (por el color y forma de sus conglomeradas rocas) macizo del Curavacas, quedando al oeste el espejo del embalse del tan llorado pueblo de Riaño, que refleja las espectaculares cumbres del macizo de Mampodre, situado más a poniente.
Cardaño de abajo sólo tiene (o tenía en un tiempo ya algo lejano) un único y austero bar donde tomar un tentempié. La incrédula y distante actitud del mesonero, que parece atacado por la misma enfermedad de Cardaño de Arriba, nos hace ser breves. Caminamos los tres Kilómetros que nos separan del coche remontando de nuevo el valle del río Cardaño, no sin antes darnos un agua en sus limpias aguas. Finalmente abandonamos estos dos pueblos que, como las páginas amarillas y descosidas del libro viejo de nuestra cultura, están tristemente a punto de volar, dejando sólo la fotografía de sus huesos. Huyendo de estos fantasmas imaginarios y con el gozo de nuestra conquista nos encaminamos a Velilla del Río Carrión, donde en tiempos existía un restaurante habilitado en un molino viejo por unas chicas, quizás vascas por las referencias ornamentales. Esta mezcla de culturas, junto a la materia prima castellana, era prometedora. Y acertamos apretándonos unos chuletones con buen pan y vino, quedando nuestros cuerpos bien restaurados y satisfechos por el trabajo bien hecho.
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