Ascensión a Peña Ten (León-Asturias)
Parque Natural de los Picos de Europa (León) Parque Natural de Ponga (Asturias)


Luis A. Page Zabala

La imponente presencia de los Picos de Europa en la mitad del trazado norteño de la Cordillera Cantábrica minimiza a ésta, que orgullosa levanta su modesta altitud en la montaña palentina tratando de imponer su dominio de sistema sin conseguirlo. Tras este esfuerzo descomunal y baldío, la cordillera se aleja discreta hacia poniente sin volver a emular siquiera las cotas del coloso calizo que se interpuso entre ella y el mar.

Después de esta conmoción el eje cantábrico recupera el tono con subordinada dignidad en los 2.142 metros de la Peña Ten. Ten, que disfruta de la compañía de su hermana gemela Pileñes, es al sur montaña leonesa y al norte asturiana. La cara de León ve al joven río Esla bajar por el puerto de Tarna al encuentro del río Yuso, en el gran valle cántabro de Riaño (ahora nudo de agua pero aún inigualable), donde retiene sus aguas para aliviar el dorado mediodía de la meseta. La cara norte nos presenta la primera gran montaña asturiana de la cordillera, la reina escondida del concejo de Ponga, donde saltan y corren entre la magia del bosque multitud de arroyos buscando desplomarse al abismal tajo astur-leonés de los Beyos, al río Sella, canalizados por el eje del concejo, el río Ponga.

En esta ocasión dos viejos amigos aprovechan los días largos del mes de junio y la fresca del lado septentrional. Compañeros de monte entre los que los silencios cuentan y mucho (como ha de ser la buena amistad), que van en busca de la reina de las cumbres de Ponga, la Peña Ten.

Así que silenciosos y todavía de noche llegamos a la capital del concejo, San Juan de Beleño, que dejamos atrás bordeando por una carretera el cordal que baja de nuestra montaña, para llegar al último pueblo del concejo, Sobrefoz, Las lucecitas reposan sobre el azul oscuro de la noche, que prolonga hacia arriba a las crestas infinitas clavadas en el azul más claro del amanecer.

Poco antes de la aldea sale un carril a nuestra izquierda; con él nos encajamos en el longitudinal valle de Ventaniella, Dando botes y ya por pista, se ensancha el vallejo en las cañas de Faeda, donde nos encuentra el alba. La parca luz nos evita la visión nítida de la repoblación de pinos que cubre el cordal de Ponga, a nuestra derecha, límite occidental del concejo. Tras ocho kilómetros de pista llegamos al enclave idílico donde algunas cabañas acompañan a la ermita de Ventaniella. Aquí dejamos el coche.

Contemplamos la colección de "bonsais" gigantes que asemejan las vigorosas hayas en frescor penetrante de las primeras horas del día. Tomamos el camino del puerto abandonado el Valle. Éste aún sigue más al sur hasta el pico Abedular, para remontar el arroyo de Ventaniella, que baja a nuestra izquierda. La luz se filtra entre el tierno follaje de las hayas. Tras unos pocos quiebros de buen camino alcanzamos las Brañas del Xerru; las cabañas se acomodan en los prados junto al fabuloso arbolado y las grises peñas labradas. Es un todo estéticamente perfecto.

Hemos superado 300 metros desde la ermita. Los 100 restantes son cómodos y entretenidos, discurriendo por praderas salpicadas de rocas hasta alcanzar los 1.425 metros y la linde leonesa.

Abandonamos pronto el bucólico paraje para tirar a nuestra izquierda por fuerte y corta pendiente de pedreras. Este "arreón" nos coloca en el escalón de los picos de Las Castellanas. Ya vemos la mole compacta de la cara oeste de la Peña Ten imponiéndose sobre el coqueto valle de Baldosín mil metros más abajo.

Entre la peña y nosotros baja el arroyo de la Majada de La Castellana, que viene del collado de Las Arriondas y adonde vamos a converger hacia levante. Mientras tanto sorteamos los desagües que bajan al arroyo desde el escalón antes mencionado, caminando por pastizales en desuso poblados de escobas; aquí nos sorprende la naturaleza con la vista de un hermoso venado que huye señorial ante nuestra presencia.

La Collada de Las Arriondas es una uve nítida que forman la Peña Ten al sur y la Peña Pileñes al norte (Ten y Pileñes buen par de peñes), y que alcanzamos tras fuerte repechón. Después de más de dos horas de danza se impone un tentempié a los pies del "soso" lomazo de la peña que impenitente se levanta 400 metros por encima nuestra. Pero básicamente, lo que nos convence es la intachable estampa de los Picos de Europa, a los que dan nuestros ojos al llegar a la collada. "Qué gozada, señores".

Una vez repuestos volvemos al "tajo" enfrentándonos al "turrón" con paciencia y tesón. Entre enebros y pastos que poco a poco ceden a la pedrera, la fuerte pendiente tiene un cómodo andar y casi sin darnos cuenta llegamos a la cima. El lomazo se transforma en una cresta espectacular, rompiendo la suavidad de las formas de nuestra cara.

En la breve gloria espiritual y física de la cumbre descansamos los cuerpos y engrandecemos el alma con la excelente panorámica que se despliega a nuestra vista. Al sur, el magnífico macizo del Mampodre, que con personalidad define el costado occidental de Riaño. Al oeste los puertos de Tarna, de donde se desprende el cordal de Mampodre, y el puerto de San Isidro flanqueado por los picos Torres y Ausente, marcando el eje de la Cordillera. Al norte, la gemela Pileñes anteponiéndose al abrupto horizonte que da al mar; y al oeste bajan las aristas de Peña Ten a deshacerse en las amplias brañas de la Hondonada y Arcenorio, desplomándose luego el paisaje en el atrapado valle de Sajambre (fuera de nuestra vista y tras su hueco, la descomunal presencia de los Picos de Europa).

Bajamos de nuevo a las Arriondas para continuar el sentido hacia levante, cayendo muy cómodos al Arcenorio. Nos recibe con grupos de cabañas dispersas, cabañas sencillas y las más derruidas salpicando lineales y a resguardo de los vientos y las nieves, cada una de las brañas. Hasta llegar a la de la Vega de la Casa y su apelmazada por los inviernos ermita del Arcenorio.

Después de una frugal comida enfilamos al sur, a la collada Guaranga, que salva la cuerda de Los Bedules y que baja de Peña Pileñes. Seguimos al principio el arroyo Roabín, pero poco a poco nos elevamos sobre su margen izquierda hasta alcanzar manteniendo el rumbo la collada. En ella hay cicatrices del dolor de los hombres con forma de parapetos y troneras. No obstante, con sólo alzar la vista la magia del monte Peloño se abre a nuestros ojos, borrando cualquier reflexión sobre guerras y revoluciones.

Tenemos a nuestros pies a la "joya" del pequeño y compacto Concejo, que condensa lo más hermoso en esencia de las montañas astures. Su quebrada orografía conjuga armónicamente los bosques selváticos con las luminosas peñas calizas, los dulces regatos que retozan por los puertos siempre verdes, los oscuros y profundos desfiladeros donde braman los ríos cortos y bravos...

Descendemos fuerte por trocha hasta alcanzar la pista que mantiene la misma tónica según nos sumergimos en le monte. Al poco caemos al magnífico camino que cómodamente circunda esta fiesta forestal. El haya manda sobre el roble, el acebo, el abedul, el serbal, el cerezo, el avellano, el manzano,... en este bosque ladero donde abundan los ejemplares soberbios.

Innumerable arroyos y regatos saltan sin descanso en esta primera cuenca, aunándose en la canaliza hasta clavarse en los Beyos. A mitad de esta tramo pasamos por la pradería de la Vegadona, donde una ajada cabaña perfectamente ubicada era el refugio del marqués de Pidal, según nos dice un paisano. Poco después llegamos a la amplia collada del Granceno despidiéndonos del monte Peloño.

Ahora bordeamos la más discreta cuenta del río Porciles y los prados ganan terreno al bosque, brindándonos el eterno paisaje asturiano. Al cabo de un rato la pista gira levemente a la izquierda bordeando el cordal que nos separa de la Ventaniella (por él se apoyó nuestro camino en su costado de levante), hasta alcanzar el carril que lleva a Les Bedules. Aquí el cordal y la pequeña carretera se alejan al norte por el collado de Llomena (990 metros), que separa el Sella del Ponga, dando el último respiro en el pico Pierzu (1552 metros), desde donde se ve el mar.

Nosotros, hartos ya de tanta pista, trasmontamos los 300 metros de desnivel que nos separan de San Juan de Beleño, a donde llegamos a media tarde pasada. El blanco caserío montado de tejas rojas destaca sobre el verde inmenso de esta tierra húmeda. En el abigarrado colmado de la carretera pedimos una botella y nos tiramos unos "culines" bien merecidos. Luego caemos junto al río Ponga que nos deja en el Sella, en Santillán, donde en "La Ruta" nos apretamos unas buenas fabes (menudo viaje de vuelta) y de postre una inmejorable tarta de queso.


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