Ascensión al Pico del Lobo (Macizo de Ayllón, Guadalajara)
Sitio Natural de Interés Nacional del Hayedo de Montejo (Madrid)


Luis A. Page Zabala

Hay montañas que encaramos de frente, magnetizados por su silueta integral limpia y retadora. Otras en cambio nos sugieren por su acceso misterioso, escondiendo su cima hasta el último tramo. Esta ambivalencia la posee, las más de las veces, la misma montaña, brindándonos la posibilidad de una pelea franca directa con su activa mole o la inmersión pausada en el mundo que la protege.

Este es claramente el caso del Pico de Lobo, máxima cota (2.273 metros) de la Sierra de Ayllón, que nos ofrece en la vertiente septentrional un trabajo corto y duro donde se impone la roca descarnada de los fuertes desniveles, mientras al mediodía, la tarea larga y fragosa se acompaña del agua y la vegetación hasta el "arreón" final de la cumbre.

La vieja alma popular de la castilla comunera vivió intacta hasta hace poco tiempo en el interior de la Sierra de Ayllón, áspera y compleja, de largos y profundos valles que miran al sur. Sobreexplotada, degradada y casi abandonada, Ayllón pasó a ser territorio montero (Reserva Nacional de Caza de Sonsaz), forestal (repoblación de coníferas) e hidrológico (embalses y proyectos ¿reguladores?); pero también es donde han resistido las joyas botánicas de sus hayedos relícticos, los más meridionales de la península, que escondidos en las cabeceras de algunos ríos y junto a hermosas matas de roble y dehesas de encinas, dan fe del bosque que fue.

Los viejos amigos somos gente de monte, montañeros, que siempre nos acercamos aquí con respeto, como a un santuario de soledad y silencio, buscando en sus cotas más altas el reducido paraíso de alta montaña: el Pico del Lobo.

"El Lobo", nombre tiempo atrás aterrador y significativo del mundo que albergaba. No lo atacaremos por el norte sincero de las vetustas tierras segovianas, sino que saltaremos el primer cordal que nos separa definitivamente del Guadarrama, el que baja del norte desde la Cebollera y muere en la Sierra de la Puebla, para caer a la cuenca del Jarama. El río Jarama, verdadero catalizador de los ágiles arroyos que se escurren por el "moño" de cordales al sur del eje del Sistema Central, nos prestará uno de sus recoletos afluentes, el río Berbellido, perdiéndonos en su mundo hasta los pies de nuestra montaña.

Abandonamos pronto la N-I una mañanita de sábado, mirando de reojo la muralla de Buitrago. El aire norteño y montano del valle de Lozoya, que dejamos a nuestra espalda, parece prolongarse hacia levante, donde va la carretera. Descolocados pasamos junto a los "champiñones" gigantes de la Estación de Seguimiento Espacial, para recuperar el anillo serpenteando entre encinares y saltando arroyos hasta Prádena de Rincón. De camino a Montejo dejamos la agreste Peña de la Cabra (1.800 metros) a nuestra derecha, cumbre de poniente de la Sierra de la Puebla.

Ya en Montejo de la Sierra cafelito y visita al centro de recursos naturales. Al dejar el pueblo en dirección al Puerto del Cardoso atravesamos una potente mata de rebollos. Al llegar a él, que salva el cordal ya mencionado, nos recibe con una tupida repoblación de pino silvestre que esconde al descenderlo el sorprendente Hayedo de Montejo. Pasamos el puente que salva el río Jarama y entramos en Guadalajara donde dejamos el vehículo.

De camino a Cardoso de la Sierra creemos que este pueblo vive en armonía con el bosque (su robledal quizás sea el mas florido de la sierra). Poco más adelante saltamos por un coqueto puente el río Berbellido, y poco después tomamos el desvío al pueblo tope de Bocígano (digo tope porque allí termina la carretera).

Aparcamos el coche en la destartalada plaza y dejando la iglesia a la derecha, pasamos junto a la casa de un muchacho que conocimos hace años y que vino huyendo de Vallecas al pueblo de sus padres (le deseamos lo mejor). De aquí parte un camino plácido entre huertos y robles; luego se convierte en calleja que discurre flanqueada por vallas de piedra a la derecha y piedras sujetando el terreno (bancal) a nuestra izquierda, iniciando lo ladero del terreno. Prados y robles bastante asilvestrados nos acompañan hasta salir a un claro y descender al río Berbedillo, que salvamos por puente rÚstico (losas de piedra sobre cuatro palos), pasando a la margen izquierda.

Tras un breve repechón salimos al agudo y largo valle que gira levemente a la izquierda, en el que sus laderas deforestadas son tragadas por el matorral. Al fondo un bosquejo de robles se presenta como un oasis, respondiendo como tal cuando llegamos a él, aliviándonos la piel con su sombra y la vista, con el porte de sus robles y la elegancia de algún aislado abedul.

Salimos de nuevo al brezo y la retama, abandonando el cauce del río sin apenas llegar a él. El valle se agudiza más y el Berbellido se encaja entre viejos abedules sueltos e inaccesibles. Nosotros remontamos por nuestra loma buscando el trazado de la Acequia de Colmenar (dicen que el tramo superior lo hicieron un padre y un hijo a cambio de una dura cuenta con la justicia); una vez en ella el andar es cómodo, pudiendo apreciar la cuerda de enfrente que culmina el Cerrón (2.199 metros), y de la que se descuelgan largas torrenteras coronadas de frescas matas de abedules que contrastan con la oscuridad del brezo dominador.

Llegamos a la última bifurcación, lugar de donde arranca la acequia junto a un solitario y viejo abedul. Aquí se planta en medio del valle la mole del Lobo, que baja hasta nosotros por la breve Cuerda de las Mesas. Estamos bajo el triangulo que forman tres cumbres de más de 2.000 metros: El Lobo, 2.270, al norte; el Cerrón, 2.199, al oeste; y el Rocín, 2.048, al este. Aquí, hundidos quinientos metros bajo ellos, se impone un tentempié tras casi tres horas de marcha.

Nos acercamos a ver un chozo (construcción circular de piedra cuyo entramado de madera es tapado por tortas de hierba y tierra) que se encuentra poco más abajo, en la otra orilla; en este momento sorprendemos a un grupo de corzos que asustados huyen ladera arriba, dándonos su "culillo" blanco y lanzando sus ladridos amanerados. Se nos amontonan los acontecimientos.

Una vez repuestos tomamos el vallejo de la derecha, más amplio y menos salvaje que el otro que se empina forrado de brezos entre la cuerda de las Mesas y el Cerrón. Aprovechando una trocha intermitente que nos eleva por la margen derecha del arroyo, llegamos a los pastos cervunos que tapizan el fondo de esta cubeta alargada. Pastos salpicados de piedras y retamas donde buscamos un hueco para pasar la noche, en el silencio eterno de estas montañas.

En verano la mañanita fresca hay que aprovecharla, así que con las primeras luces nos estiramos, aseamos, y tras un cafelito, nos enfrentamos ya al "turrón". El potente desnivel de la cara este de la Cuerda de las Mesas nos ensimisma, ganado altura inconscientemente hasta alcanzar la cuerda. Aquí emergen todos los picos de la Sierra de Ayllón a nuestro alrededor, y nuestro valle, veteado de perfiles labrados por las torrenteras, corre al sur.

La cumbre se alza ligeramente unos metros a nuestra derecha, limpia y discreta en este lado sur, ya que una vez alcanzada nos da el sobresalto. Es una cima profanada por una horrible construcción de esquiadores, a la que hicieron inviable los vendavales, dictando sentencia la naturaleza, mientras el hombre no hace justicia retirando sus restos (y espera, que ahora si no luchamos con todas nuestras fuerzas nos colocan aquí una instalación militar de la OTAN).

Ignorando estas construcciones la vista al norte es liberadora tras salir del valle. Las tierras rojas de Ayllón anteceden a la amplitud de la meseta, en cuyos confines se dibujan los ondulados perfiles del Sistema Ibérico. Al oeste se aleja el Sistema Central, y tras un visible Puerto de la Quesera, se atraviesan los 2.000 metros de la Buitrera guardando los hayedos de la Pedrosa y Tejera Negra; al este, tras la Cebollera, se apuntan las cumbres más altas del Guadarrama coronando la cabecera del Valle de Lozoya, quedando al sur el "mono" de cordales, el mundo interior de Ayllón y el "tótem" de esta sierra, el Pico Ocejón, que apenas nos deja ver el Cerro del Rocín.

Seguimos ahora el eje del Sistema Central hacia poniente, inclinándonos a la izquierda, ya que a la derecha ruge el fiero desnivel. Con esa querencia alcanzamos el cordal del Cerrón que se desprende del eje en el Cervunal.

Dejamos tras bordearla la ignota cubeta alpina que, acomodada en la altura, recoge las aguas para bajarlas al conocido viejo abedul.

Del collado bajamos rápido, entre pastizales agostados y retamas dispersas por el arroyo Cibanal hasta donde se hace río, el río Ermito. Llegamos, tras pasar junto a otro chozo pequeño, a la cómoda pista y al aún pequeño pinar de repoblación que cubre toda la cuerda del Cerrón en sus zonas más altas. Cuerda que por esta cara de poniente es llamada loma del agua fría, quizá por la cantidad de arroyos que bajan hacia nosotros a lo largo de toda ella. En los rincones donde entroncan con el río Ermito se recupera el bosque original y florece el de ribera, sorprendiéndonos hasta algún haya suelta como anticipo de lo que vendrá. También aparecen ya algunas tinadas (cabañas y apriscos) de pastores.

Al poco desembocamos en el río Jarama, donde disfrutaremos del Hayedo de Montejo con perspectiva, ya que se ubica en la otra orilla, encajado entre el río y el pinar. Así flanqueados a la derecha por este pequeño lujo de bosque, y a la izquierda por las escalonadas lajas que conformaron la cumbre del Santuy (1.900 m.), llegamos al puente y al coche.

Volvemos a Bocígano y después de asearnos de nuevo en el río Berbellido, salimos hacia Prádena del Rincón, donde en el bar del Sr. del bigote, que ahora huele a partida de mus, nos apretamos unas mollejas que las prepara como nadie. Con la esperanza de no encontrar la famosa caravana de la N-I nos vamos relamiendo el sabor de aliño de esta vianda, dejando la sierra atrás.


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