Ascensión al Pico del Moro Almanzor
Parque Regional de la Sierra de Gredos (Ávila)


Luis A. Page Zabala

En un país como el nuestro la montaña no nos es ajena. Otra cosa es la alta montaña, que dada nuestra merionalidad, se ve reducida a islas que salpican las numerosas cadenas de la Península Ibérica. Islas que menguan en tamaño y número de norte a sur y que, si exceptuamos con el respeto debido Sierra Nevada, encuentra en el Sistema Central el último gran archipiélago.

El rompeolas común de las dos mesetas, que es el Sistema Central, viene creciendo desde el este, tras abandonar las parameras compartidas con el Sistema Ibérico, hasta erguirse a los 2.000 metros en Ayllón y perfilarse grande en Guadarrama. El espinazo castellano alcanza el cenit en Gredos, donde se levanta como un prodigio de la naturaleza, para alejarse triste, por debajo de los 2.000 metros hacia las nostálgicas tierras portuguesas.

Gredos, el gran islote montañero de mas de 100 kilómetros de longitud y hasta casi 40 de ancho, alza sus afiladas cimas a cerca de 2.600 metros, haciendo de la Vera extremeña un vergel. Al norte se configuran circos pétreos sobrecogedores, donde se cobijan los hielos; hielos que irrigan las altas tierras de las sierras de Ávila dándoles un aire norteño. Son además los mismos hielos que lanzan cantos de cisne ante el infinito pardo de las dos mesetas.

Pero Gredos es también donde alcanza la licenciatura el montañismo castellano. La dureza de sus aproximaciones, la agresividad de sus cumbres y la contundencia invernal, entre otros, nos imponen. Además de condición física, empeño e ilusión.

Así que los viejos amigos, aprovechando los ya largos días de primeros de Junio, muy de mañana, dejamos Ávila atrás, saltamos el puerto de Menga y nos sumergimos en las Sierras de Ávila, donde nuestro objetivo es como un faro al que nos vamos acercando entre el oleaje de los montes, El Pico del Moro Almanzor. El Almanzor, cuya cumbre truncada y esbelta despunta sobre los neveros.

Dejamos un coche en Navaperal, donde nos traerán las aguas al día siguiente, y volvemos a Hoyos. Tras un almuerzo serrano subimos con alegría hasta la plataforma para dejar el otro vehículo. Una vez de "romanos", y con equipo ligero, salimos con la esperanza de que el buen tiempo no se torne en tormentas (aquí terribles).

El camino enlosado que sube junto al arroyo de Prado Puerto lo abandonamos pronto para subir a la derecha al Prado de las Pozas. Prado gloriosamente verde a los pies de (por esta cara) la redonda y nevada cumbre del Morezón, de 2379 metros. Dejamos al sur esta montaña y al norte el inmenso pasto cervuno con el diminuto refugio al final, para cruzar la pasarela del Arroyo de las Pozas.

Dejamos las paredes negras a nuestra izquierda para afrontar la cuerda de la que forman parte, adentrándonos su granito desnudo en el terreno que vamos a jugar. Remontamos la ni muy larga pero contundente cuesta que alcanza la cuerda del Cuento. Entre pastos y piornos que acaban de perder la hoja llegamos a los espectaculares Barrerones.

Sublime la vista a lo que se llamó "la Plaza del Moro Almanzor", ahora Circo de Gredos. Estampa telúrica en la que parece que en cualquier momento pueden rugir las entrañas de la tierra. Imagen para toda la vida, la del manojo de afiladas cimas en torno al Almanzor y su profunda laguna, quedando apartada para su contraste la hermosa y normal Mogota del Cervunal de 2.400 metros.

Gozando de esta visión nos hundimos en el largo trazo diagonal que es la "Trocha Real" hasta la laguna; al principio descendemos cómodos entre los piornos, pero tras unas zetas, nos despedimos de la vegetación avasallada por el granito de todas formas y tamaños. El agua baja por los corredores de la cara oeste del Morezón, tan distinta a la que nos mostró poco antes de alcanzar el agua de la Laguna Grande, en la majada de Adrián.

La Laguna Grande y amorfa nos consuela con su liquido de tanto sólido. La bordeamos por la margen derecha, la más áspera, hasta llegar a su verdosa cola. Saltamos el crecido arroyo que nos separa del refugio Elola y hacemos el gasto que se merece su servicio a estas alturas. Mientras tomamos el ya habitual "tente en pie" después de casi tres horas de baile, callamos. La magnitud del paraje impone respeto. Tenemos la sensación de encontrarnos en el interior del cráter de un volcán.

Reanudamos la marcha superando escalones graníticos, en cuyos rellanos reverdea el pasto cervuno aletargado por el largo invierno. Pasamos la cristalina Charca Esmeralda y llegamos a la amplia cubeta de la Hoya Antón. La cara norte del Almanzor se muestra poderosa y desafiante, flanqueada a su derecha por el Cuchillar de Ballesteros, y a su izquierda por la inclinada Peña del Esbirladero, donde nos dirigimos, buscando el paso natural de la Portilla Bermeja, trescientos metros mas arriba.

De aquí en adelante, no hay concesiones,. Superamos el corredor limpio y empinado que se apoya en el barrerón gigante del Cuchillar de las Navajas, que nos deja en una recoleta hoya de nuevo. Dejamos a la derecha el sugerente y sinuoso corredor nevado de la Portilla del Crampón, para ascender con piolet y paciencia a la Bermeja.

Las tenebrosas canales oscuras se precipitan por la extremeña cara sur. Su demoledor desnivel nos acompaña por la izquierda al remontar el caos de bloques negros del Esbirladero, a más de 2.400 metros, a nuestra derecha. La sinfonía de agujas de la Herradura, que es el circo, despliega todo su esplendor.

Descendemos con cuidado a la Portilla del Crampón; aquí por terreno mixto de nieve y roca, extremando las precauciones, alcanzamos el lóbrego y vertiginoso entorno en el que se encuentran el Cuerno del Almanzor y la base de la suave trepadita que da a la cima. Unos pasitos, y en la sencilla cruz de hierro, inevitables las palabras de Miguel de Unamuno: "Corazón desnudo de viva roca, del granito más rudo que con sus crestas el cielo toca, buscando el sol en su mutua soledad".

La vista se pierde al sur por "La Extremadura". Al norte se escapan los cordales que perfilan los hielos, agudos al principio como La Galana, o hermosos como la Mogota, que van después hasta hundirse en la fosa del Tormes, frente a las monótonas serrotas donde se asientan los pueblos de los que venimos; al este la maravilla del circo y el eje alejandose hacia la Mira y sus Galayos, y al oeste el mismo eje alejarse para la Covacha y el imponente huevo del Calvitero.

Volvemos a concentrarnos y destrepamos manteniendo el mismo sentido hasta alcanzar la Portilla de los Cobardes, entre losas, placas, canchales, ... Dejamos las crestas del Cuchillar de Ballesteros para caer con alivio al oxigenado y amplio Venteadero. Sorprendemos un grupo de machos monteses. Al caer la tarde bajamos al Collado del Ameal y bajo su robusta figura buscamos un sitio seco para montar el vivac. Las siluetas negras de las cumbres se dibujan perfectas en el ocaso; aquí nos encontrará el sol mañana.

Despertamos empapados de rocío. Nos desentumecemos estirándonos como galgos y tras un frugal cafelito, nos lanzamos por la escalona canal. El sol no nos alcanza bajando esta canal que acaricia la cara sur del Cerro de los Huertos, acompañándonos el silencio puro de Gredos en el recuerdo del amigo que aquí quedó. No así su memoria.

Pasamos por el refugio, más sosegado que ayer, y bordeamos de nuevo la Laguna, ahora por la margen izquierda. El camino bien marcado sigue la escupidera natural del Circo, alejándose más o menos del cauce según el gusto del terreno. Placas y bloques ciclópeos lo condicionan y de repente, ... ¡milagro!, hacemos levantar el vuelo a una garza solitaria que había junto al agua. Cuando llegamos al Gargantón que se nos incorpora por la izquierda, la garganta toma aire y se abre verde hacia el canchal de La Galana y Portilla del Rey, a donde trepa la Trocha Real camino de las Cinco Lagunas.

Volvemos a encajarnos en el granito puro por "los callejones", flanqueados por la mole de la Mogota y la Cuerda del Cuento. Braman las aguas por la garganta hasta salir a las Navazuelas, donde la artesa nos devuelve la vegetación olvidada y un chozo tradicional pelea contra el tiempo. Poco más abajo se nos une por la derecha la Garganta de las Pozas y por la izquierda se alivia el Valle alto del Cervunal. Al instante pasamos a la otra orilla por el Puente de Roncesvalles. Por un buen camino serpenteamos por el bullicioso caudal, en el que por entre sus encajados meandros asoma con discreción un bosque de robles entre floridas retamas.

En el Soto, tanta bravura, empieza a humanizarse. Los hermosos prados, a veces adornados de enormes bolas graníticas que hasta allí rodaron, están circundados de robles. De inmediato se nos unen por la izquierda las blancas aguas de frío de la Garganta del Pinar, que vienen desde las Cinco Lagunas paralelas a nosotros por el poniente de la Mogota del Cervunal. Aguas que juntas van saltando por el granulado y pulido cauce al Tormes, como nosotros que nos despedimos de ellas subiendo a unas tinadas para caer al mismo río, ligeramente más arriba de donde está el puente.

Aquí baja el Tormes flanqueado de fresco arbolado: alisos, sauces, chopos, olmos y otras especies de ribera alegran su soto. Bajo el puente una hermosa poza invita al higiénico baño que resulta tonificante, por congelador.

Muy repeinados recogemos los vehículos y partimos al pueblecillo, donde acordamos un cocido que aquí preparan como en el mejor sitio. "!A ver cómo salimos de ésta, que si que es buena!", exclamamos al ver la bandeja. Luego paseamos por las Murallas de Ávila (como si no hubiéramos tenido bastante), para hacer la digestión, y de vuelta a casa.


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