Ascensión a Siete Picos
Futuro Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama


Luis A. Page Zabala

Su original estampa aserrada rompe las suaves líneas que marca en el horizonte la sierra de Guadarrama. Su fácil identificación hace que los Siete Picos sean, quizás, la montaña más conocida de la sierra.

Montaña sugerente cuya airosa arista cimera se muestra similar a las dos vertientes. El ramillete de picachos que jalonan como almenas su plana y larga cumbre, asemejan ser la barbacana de una tremenda fortaleza. Tanto al norte segoviano como al sur madrileño, los siete Picos se presentan con su sinceridad, manifestándose por sus flancos los pasos claros entre las dos Castillas. Así lo atestiguan el Puerto de la Fuenfria y su calzada romana por el oeste, como el concurrido Puerto de Navacerrada al este.

La independencia de su cumbre nos brinda el vasto horizonte de las anchas mesetas. Cumbre amplia, en cuyos contornos vienen a coincidir todos los cordales más importantes de la sierra. Dispuestos como una equis tumbada, donde las aspas de levante rondan los 2.400 m. y las de poniente no pasan de 2.200 m.

Este es nuestro objetivo, un clásico entre los clásicos de Guadarrama. Clásico del montañismo castellano, al que su accesibilidad hoy coloca a nivel de "una salida familiar", y a lo que también contribuyen las hermosas y cómodas sendas trazadas por los pioneros, entre los magníficos bosques y praderas que cubren nuestra montaña.

En esta salida "caserita" haremos uso y disfrute de los transportes públicos; nos sujetaremos a un horario.

La tímida claridad del alba en un día frío y limpio de primavera, nos acompaña a tomar el tren en la ciudad de Madrid. La huella del ferrocarril ha cicatrizado, asentándose en el paisaje hasta formar parte de él, adentrándonos en la naturaleza de un trazo casi sin molestarla. Esta sensación, intensa y breve, la tenemos cruzando el Monte de El Pardo apenas dejamos la ciudad. Enseguida el mar de urbanizaciones nos absorbe como a los pueblos y ni el perfil liberador de la sierra, que se agranda según nos acercamos, nos quita la sensación de estar rodeados hasta llegar a Cercedilla.

Aquí tomamos el trenecillo de vía estrecha, llamado cariñosamente "el funi", que escondido entre los pinares que amortiguan y dulcifican el cóncavo y abrupto mediodía de nuestra montaña, serpentea subiéndonos didácticamente al Puerto de Navacerrada.

Dejamos la recoleta estación y a modo de calentamiento o huida rápida (véase como se quiera...), afrontamos el desagradable repechón que corona el puerto. El caldito y su chorrito de vino blanco de rigor en "Venta Arias", templa y anima a enfrentarse al siguiente repechon, el del Telégrafo y su telesilla camuflado en el bosque. Los tres amigos caminamos hacia el oeste dejando atrás los ingenios para esquiadores.

Una cómoda senda nos acerca, entre gente de toda condición que pasea tomando los aires y saludando cortésmente, al cerro del Telégrafo. No evitamos el berrocal de su cumbre, a más de 1.900 m., que nos hace gozar de la frescura forestal del Valle de Valsain extendido a nuestra derecha, protegido entre montañas del pardo horizonte mesetario. Entre esos picos se impone el Peñalara, 2.430 m., cuya cima cónica como el copete de un merengue se despeja de pinos en sus últimos 200 m.

Descendemos ligeramente a las praderas de Siete Picos para atacar la fuerte pendiente poblada de magníficos pinos, que en breve lleva a la cuerda somital. Los pinos albares ceden y se dispersan adoptando el porte a que les obliga el viento y la altitud, dando paso al piorno, al sabino y al enebro. Alcanzamos el "lomazo" y los 2.100 m., donde como un descomunal majano de 30 metros el séptimo Pico levanta su berrocal a unos 200 m. sobre el llano cordal. Su pulido y claro granito amontonado se interpone entre el azul del cielo y el verde-amarillo del matorral.

Una simpática trepadita nos sitúa en el vértice oficial de esta poli-cumbre; ya estamos en el centro de la equis anteriormente mencionada, cuyas "patitas" de levante son al noreste el macizo de Peñalara y al sureste la cuerda larga, mientras que las de poniente dejan al noroeste la mujer muerta y al sudeste la cuerda de Peña de Aguila.

La diagonal con que el Sistema Central define todo el oeste de la Comunidad de Madrid, que desde la Somosierra norteña viene por Peñalara y los Cotos hasta la montaña Bisagra en que nos encontramos, para continuar en sentido suroeste por Peña el Águila al alto del León y Abantos.

Pero volvamos a lo concreto y pongamos los pies en el suelo, que ya hemos ejercitado la vista y seguramente algo más. Destrepamos hacia el siguiente picacho, donde la alineación de los mismos se curva levemente, como formando un "cirquete" en su descarnada y vertical cara sur. Nosotros por lógica y sin sendero definido nos inclinamos hacia la cara norte, de pendiente mas dulce, donde los pinos parecen venir al asalto de las cumbres. Pinos señores del valle entre los que asoman praderas como la de la Navalusina, cuyo verde claro contrasta en el inmenso verde oscuro del pinar.

El cuarto pico es el mas espectacular, visto desde el anterior con su laja conformando "la ventana del diablo", impresiona. El andar es cómodo hasta el segundo pico. Es una tierra formada por granos de roca desmenuzada, a donde se agarran sabinos y enebros rastreros salpicados de floridos piornos. Dejamos a nuestra izquierda al desgajado pico de Majalasna (el primero de los siete), para bajar al Collado Ventoso sumergiéndonos de nuevo en el pinar. En el descenso es fácil sorprender algún golpe de finos rebollos refugiados entre rocas, resignados ante los fabulosos fustes de pino silvestre.

En el collado verde salpicado de narcisos nos refrescamos en la fuente de "los alevines", antes de afrontar la roma cima siguiente. De un "arreoncillo" subimos al plano y colonizado Cerro Ventoso, cabecera del pequeño y espléndido valle de la Fuenfría. Día exultante de primavera. El denso olor del piornal nos penetra al tiempo que el intenso amarillo de sus flores viste y transforma las praderas. Aquí, un poquito aparte de rutas, nos tomamos un tentempié acompañados del sonido del cuco en la lejanía.

Ahora ya todo es dejarse caer; primero al puerto de la Fuenfría, teniendo de frente la cónica cumbre del "Montón de Trigo", junto a su lugarteniente el Cerro Minguete, y escondiendo ambos a "La Mujer Muerta". Luego, tras despedirnos de Valsaín, seguimos los pasos de los romanos sirviéndonos de su calzada. Salvamos arroyos por sus modestos y contundentes puentes hasta llegar al chalet Peñalara, siempre entrañable. No tomamos la carretera que hasta aquí llega, sino que la cruzamos para bajar el tramo mejor conservado de la calzada, dejando a ésta y al arroyo de la Venta a nuestra izquierda. Así hasta el puente de los descalzos, el mas vistoso y ahora restaurado, ya en las dehesas junto a la "Fuente de la Salud" y la ineludible carretera.

Este tramo pesado discurre más de la mitad por el hermoso y saludable pinar, que en el fondo del valle se acompaña de chopos, olmos, fresnos, sauces, rebollos y las praderas.

Aparecen las primeras casas y urbanizaciones, que van creciendo en el último tramo según nos acercamos a Cercedilla, histórico pueblo de veraneantes.

Ya en la estación un dulce nos aporta el azúcar que demandan los músculos y que junto a un cafetito no animan a subir al tren de nuevo para volver a casa relajaditos, viendo menguar la sierra en el horizonte a través de la ventana colectiva del ferrocarril.

Una vez en el barrio... (eso era antes para nosotros), unas "cañitas" y unas tapas acompañan el último intercambio de impresiones sobre la jornada en Guadarrama. Nuestra Sierra, que un día será Parque Nacional, y confiamos que no deje de ser un espacio de libertad.


© www.parquesnaturales.com / Luis Alberto Page Zabala - 2002