Ascensión al Cerro San Felipe
Espacio Natural de la Serranía de Cuenca


Luis A. Page Zabala

La inmensa Castilla tiene en su periferia rincones a trasmano de las grandes vías de comunicación. Capitales de provincia, ciudades de rancio abolengo que a rebufo de la Reconquista y al amparo de la Iglesia crecieron y florecieron para quedar luego dormidas y ensimismadas bajo la tutela de obispos omnipotentes, ajándose hasta convertirse en implacables escenarios románticos.

Así es la hermosa ciudad de Cuenca, inverosímil y mágica, apoyada en el espolón central en el que convergen dos hoces de cromáticos paredones de roca caliza, modelados al antojo de los elementos. Es también puerta significativa del mundo al que da paso, la Serranía de Cuenca, coletazo sureño del Sistema Ibérico junto a los Montes Universales.

A media mañana de un día limpio, en la breve primavera de estas quebradas tierras continentales, llegamos a la siempre fascinante Cuenca, cuna de guerreros y descubridores, que aun cuajada de escudos y blasones, no deja de ser el anonimato popular quien marca su personalidad. Ciudad hecha a imagen y semejanza de la naturaleza que la rodea. Vertiginoso caserío colgado sobre la roca, adosado a los paredones como un humilde conglomerado donde los volúmenes entran y salen. Aquí una viga, allí una teja vana, mas allá un balcón enfrentándose al abismo ante el que se encogen ventanucos variados, fachadas caóticas de aire cubista.

De las dos hoces que definen la ciudad (la del Júcar y la del Huécar), tomaremos la primera para acompañar al río que le da nombre hasta su nacimiento en el Cerro de San Felipe, nuestro objetivo.

La discreta sierra de Bascuñana (a cuyos pies descansa Ribagorda, pueblo de quien esto os relata) que se aleja al norte paralela al eje del Sistema Ibérico, marca el límite de la serranía por el Oeste y nos acompaña hasta el desvío a Villalva. Aquí dejamos a la espalda esta sierra y su hermosa campiña salpicada de románico, tierras de labor y autóctonos bosquetes de quejigos, para remontar el siguiente peldaño: un imponente escalón que no salta el Júcar sino que taladra en el desfiladero del “Ventano del Diablo”, de sobrecogedor nombre y estampa.

El Júcar es nuestro guía en esta tierra fragosa de altas mesetas (parameras) y profundos cauces donde florece el pino inmenso sobre los abismos, y resisten la encina y el roble siguiendo el ejemplo de la ancestral sabina que puebla la Tierra Muerta; tierra que alberga la famosa “Ciudad Encantada”, y que dejamos a nuestra derecha.

Llegamos a Uña y su laguna decantada comida por el carrizo, enmarcada bajo los largos estratos naranjas que destacan sobre el bosque. Luego el río se reposa verde sobre el embalse de la Toba, encajado entre las parameras de la Tierra Muerta y las Sierras de La Madera y Las Majadas, para seguir Mocete y Serrano. Dejamos Huélamo a la derecha, enclavado junto a su peñasco, y llegamos al poco a Tragacete, fin del largo trayecto motorizado al corazón de la serranía.

Escoltado por la tierra de Tragacete, cuya muela adorna su poniente, el pueblo blanco y rojo se ubica frente a la Sierra de Valdeminguete, donde el Júcar le viene de Levante como un crío rompiendo la Muela de San Felipe. Pero también es la hora del aperitivo y queremos aprovechar el día; total que picamos un poco de morteruelo y un “mojete”(ensalada con caldo para picar), y con un vinito acompañando cogemos el tono para salir.

Una carreterilla se encaja con el Júcar entre huertas y frutales, saltando en una ágil cascada en la hendidura que abre en el centro de la sierra de Valdeminguete y llegar a la hoya de San Blas. Poco más adelante, en el estrecho del mismo nombre, nos vestimos de "romanos” y acompañamos brevemente al pequeño río.

Al despedirnos con un “hasta mañana” el río gira al norte, llevándose su frescor. Mientras nosotros, en sentido opuesto, nos sumergimos en el pinar entreverado de negrales y albares. Una pista nos sube de dos arreones a unos llanos continuamente labrados por vaguadas secas; estamos ya a 1.600 metros cuando la pista desaparece, siendo ahora nuestra mejor referencia la faja caliza que nos acompaña por la izquierda.

En el inmenso pinar, una amplia y tupida vaguada definida levemente por lo abierta, tiende a converger con la faja mencionada; allí nos dirigimos, al puntal del Ocejón, que nos recibe con un verde collado a 1.790 metros. Aquí se enseñorean enhiestos pinos albares plenos de salud, y justo enfrente, la Mogorrita y sus 1.868 metros de altitud, cuya cima poblada y redonda nos está esperando.

Descendemos ligeramente al collado perdido en el bosque que separa aguas Mediterráneas y Atlánticas. Colocando hitos para la vuelta, ya que nos cruzamos algunas pistas, alcanzamos el repecho final. Una tira despejada de monte (cortafuegos), nos deja en la cumbre, humanizada por una caseta/estación, un vértice geodésico y una cochambrosa peana de cuatro patas de hierro que sustenta una exigua y cimbreante plataforma de vigilancia a algunos metros del suelo.

Aragón y sus Montes Universales se extienden hacia poniente, tras el amplio y raso valle del nacimiento del Tajo. Al sur, la Cañada Real conquense, que comparte la carretera de Albarracín y más serranía. Al oeste, el valle de Tragacete, su sierra y más serranía; y al norte, la cima redonda y esbelta del cerro de San Felipe, al final de la faja que nos guió hasta aquí: la cimera de la Muela que será nuestro camino mañana.

Descendemos sobre nuestros pasos y alcanzamos de nuevo el puntal del Ocejón. Entre los ralos pinos silvestres abanderados sabinas y enebros, que saltean las praderas cervunas que pueblan la esbelta cuerda de la Muela, buscamos un sitio para tirar un saco. Una espléndida puesta de sol sobre los perfiles paralelos de la serranía que descienden hacia el poniente nos da las buenas noches.

El cordal es un largo estrato levantado como una arista salteada de espolones casi vestida por el pinar, muy elegante de caminar. Al principio cae suave hacia el oeste denso de vegetación, mientras al este cae vertical hacia pequeñas vaguadas que se retuercen hacia el río Tajo.

Nuestra arista avanza aérea y ondulante manteniendo los 1.700 metros. El aire es fino, infinidad de pajarillos trinan por todas partes (entre todos destaca cómo no el canto del cuco), y el cielo azul alberga el lento planear de los buitres.

A mitad del recorrido el arroyo de Chispo nos acompaña paralelo a nuestra derecha. Mirando en aquella dirección nos sorprenden gratamente solitarios robles centenarios que se cobijan bajo los paredones (“aquí seguimos...”, parecen decirnos).

Donde se ensancha el pinar descendemos un poco hacia el vallejo del Júcar, mientras a la izquierda, sucesivos espolones calizos embravan la Muela que vigila el ya citado arroyo del Chispo.

A poco se invierten las caras, la Muela asoma sus modeladas rocas sobre el Júcar, al tiempo que el arroyo del Chispo gira perpendicular obligado por los farallones, que como una fortaleza, se nos incorporan por la derecha dando pie a las suaves pendientes de la Molatilla.

Seguimos guiados por la arista de espléndidos balcones orientados hacia el San Felipe, despegado de nuestra faja a la inversa que la Mogorrita. Así seguimos hasta caer a la pista en el llamado "Collado del 19". En esta tortuosa orografía vemos muy cercanos los cortados del Alto Tajo.

Ahora, por pista, desandamos poco más de un kilometro contemplando cómo se alza y se desgaja la Muela que nos trajo. Sus rocas desprendidas salpican la atlántica vaguada de la Cañada del Tormo, llamada así por la tremenda roca varada en el collado al que nos dirigimos: el Tormo Cañaveras.

El collado es divisorio de aguas de Tajo y Júcar. De aquí a la cumbre de San Felipe poco más de 200 metros sin piedad. Fuerte desnivel entre los incansables pinos que nos cobijan prácticamente hasta la cima.

Amplio y luminoso vértice, mirador inigualable de la serranía conquense, al que siempre se le consideró él más alto de la provincia. Tiene como dos cimas: una sencilla y natural mirando al sur y desde la cual vemos el trazado de nuestro camino y también el tesón del Júcar labrando su vallejo hacia Tragacete, y la otra, de contundente vértice geodésico, mirando al norte y al espeso pinar que cubre la ancha paramera que a nuestros pies separa el nacimiento del río Cuervo de las quebradas márgenes del Tajo. A diestra y a siniestra el universo en el que nos encontramos: Guadalajara, Cuenca y Teruel formando un todo en las últimas cumbres relevantes del Sistema Ibérico.

Descendemos casi a plomo al Tormo Cañaveras para caer cómodamente por sendero y buscar los ojos del Júcar, como aquí llaman a su nacimiento.

Acomodados en la vaguada llegamos a un sorprendente prado, tan cuajado de margaritas que parece nevado. El frescor nos anuncia agua. El terreno se empapa y surgen charcas entre la hierba. Poco mas abajo ya corre con timidez y su perseverancia labra la roca en el Paso del Infierno, donde amable nos deja beneficiarnos de su trabajo compartiendo el camino. Aquí, en medio del corto desfiladero, hay un ojo que aflora nítido (nunca deja de manar).

Ahora ya por pista y acompañados por el susurro de las aguas tiernas del río, bajo la Muela que bien conocemos ya, llegamos al estrecho de San Blas, su fuente de teja y nuestro coche.

Un "lavado de gato” sin entretenernos demasiado nos permitirá llegar a la hora acordada a Tragacete. Aquí nos restauramos de una sentada con el plato de olla (antes pucherete) por antonomasia en Cuenca: judías pintas con chorizo y oreja, regadas con un buen vino manchego. Después nos acercamos al cercano nacimiento del río Cuervo y tras hacernos con un buen helado, hacemos la digestión contemplando esta maravilla calcárea.

Ya de vuelta a casa nos sumergimos en la profunda y exuberante hoz de Beteta. Cruzamos Cañizares y su impecable emplazamiento serrano, bajamos a las rojizas mimbreras de Cañamares y rompemos la sierra de Bascuñana con la última hoz, la que labra el río Escabas en el estrecho de Priego, para salir a la Alcarria conquense camino de Guadalajara.


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