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Ascensión al Pico Miravalles |
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La vetusta tierra leonesa hecha de páramo y montaña. Páramo por el que bajan escondidos, entre espesas choperas, los caudales Cantábricos buscando el Duero. Y tremenda montaña, la norteña Cordillera Cantábrica que viene perdiendo orgullo hacia poniente, donde la esperan los Montes de León. Éstos suben por todo el oeste a entroncarse con ella en su último suspiro, frente a los ondulados montes gallegos, configurando la cuenca díscola del Sil. Nos dirigimos a los confines del viejo reino de León (marcado para siempre por el Camino de Santiago), tierra de santos y ascetas (como el obispo que se hizo puente, Osmondo). Tierra también como su orografía y clima, de hombres indomables, como aquel caballero del S. XIII que defendió solo un puente frente a cuatrocientos (paso honroso); no en vano de aquí eran Guzmán el Bueno o Buenaventura Durruti. Así que tras dejar los páramos y la maragata Astorga, en una hermosa tarde de finales de mayo, alcanzamos el puerto del Manzanal. Desde esta linde se abre majestuoso el Bierzo, al que no consiguen anular las impactantes escombreras de carbón que puntualmente manchan el valle. Esta hermosa hondonada se deja rodear de montañas legendarias que alimentan al río Sil, eje fluvial de esta personalísima comarca. Es éste el único río capaz de perforar la barrera montañosa circundante y entregar sus aguas al Miño, en el puente de Domingo Florez (siempre los puentes, como hace honor la capital del Bierzo, Pont-Ferrada, la templaria Ponferrada de sobrecogedor castillo). Hay dos Bierzos: uno luminoso y febril que ocupa las fértiles vegas y por le que pasamos rápido dejando atrás las cuencas mineras de Ponferrada y de Fabero, y otro escondido y callado, casi olvidado, que aguanta en los valles anclado en sus ancestrales formas de vida. Alto Bierzo de ignotos valles y brava naturaleza, muy castigada por talas, incendios y repoblaciones. Los valles de Burbia, Ancares y Fornela, que bajan paralelos de la Sierra de Ancares, conservan en sus fondos y umbrías fabulosos bosques de meigas y hombres lobo. Valles donde el hombre aún se abriga en este medio hostil en increíbles pallozas celtas, auténticos castros vivientes. Al caer de la tarde avanzamos por las sinuosas carreterillas que abandonan el río Cua, (que baja del valle de Fornela y la minera Fabero), para subir 400 metros hasta el alto de la Cruz y volver a bajar después otros 200 hasta el valle y el río Ancares. La pálida luz del anochecer aún deja ver la desnudez de las solanas abandonadas al matorral y al cortafuegos, frente a la exuberancia puntual de las umbrías. Los fondos del valle se abren al final del mismo, donde lucen como candelas pequeñas aldeas entre prados y fabulosos castaños; y así, con mucho respeto, llegamos al último pueblo, Tejedo de Ancares, donde instalamos la tienda sigilosamente a los pies del Pico Cuíña (1992 m.), en la Sierra de los Ancares, y del Pico Miravalles (1966 m.), último baluarte de la Cordillera Cantábrica y un nuevo objetivo para nosotros. Rayando el día recogemos el kiosco. Tras un frugal desayuno dejamos el pueblo de Tejedo casi tan en penumbra como lo encontramos ayer. Dejamos también la carreterilla y al río Cuíña, ahora a nuestra izquierda, jugando con los prados y el florido bosquejo de rivera. El camino nos eleva hacia la herrería. Al poco vemos, cien metros por debajo, una pequeña ermita recogida a los pies del empinado lomazo en que se apoya nuestro sendero. Entre retamas, piornos y algún desconsolado roble, caminamos mirando la ladera opuesta (que nos separa del Valle de Burbia), una umbría bien vestida de robles al principio que luego peina su cuerda de terrazas de incipiente pinar. En breve el valle se abre ligeramente para recibir al arroyo de Miravalles, que viene del norte por la derecha. Nuestra loma, que ascendemos poco a poco con sabiduría, se redondea perfilando la vaguada de este arroyo. Nos separamos del eje del valle que el río Cuíña (luego Ancares) sigue poco a poco labrando bajo el Pico del mismo nombre. Esta montaña tan peculiar tiene laguna, leyenda y es techo de los Ancares; nosotros la dejaremos a la espalda vigilando nuestra ascensión. El vallejo es amplio al principio. Aquí confluyen entre variada foresta dos vaguadas, siendo la que manda la que enfila nuestro sendero. Cruzamos tres regueras muy empinadas, y a más de 400 metros sobre los casi 900 en que se encontraba Tejedo, penetramos en un variopinto bosque en el que servales y abedules se imponen a robles y avellanos..., entre matas importantes de acebo. Ahora ascendemos a pelo, obedeciendo al terreno. El bosque se dispersa y nos abandona; poco después lo hace el agua. Salvamos dos cubetas que reverdean entre piedras viejas y matorral, y que suben como alejándose del Miravalles. Nuestro pico y sus 1800 metros, que con paciencia alcanzamos en su parte central, alza su aspereza a la izquierda de la horizontalidad de la Sierra del Corredoiro. El extremo oriental de esta última cuerda de la Cordillera Cantábrica parte el más septentrional valle de los Ancares, el de Fornela, que se aleja lineal en el mismo sentido para virar al sur, como todos buscando al Sil. Nosotros giramos a poniente y enfilamos cómodamente hacia el Miravalles, que eleva su vértice respingón ligeramente a la izquierda del cordal, como asustado de los horizontes salvajes y profundos de las Asturias. Avanzamos hacia la cumbre, casi melancólicos, dejando el pequeño lago de Changozos a la derecha, acurrucado 200 metros más abajo sobre la cabecera del río Luiña, que vertiginoso acude al río Ibias, eje del postrero concejo Astur del mismo nombre (alto Ibias donde habita el oso que de vez en cuando se deja ver por los Ancares). En dos zancadas superamos los poco mas de 100 metros que nos separan de la ajada cumbre, donde se retuercen los enebros entre las lajas. La sensación cimera es la de encontrarse en la picota de un mundo perdido. El Miravalles, que nos atrajo por su evocador mensaje de principio a fin, no podía carecer de un buzón en el que recibir y mandar saludos a los que hasta aquí han subido, seguro que por vocación. Al poniente el laberinto gallego se extiende hacia el antiguo fin de la tierra. Al norte la fragosidad de la Asturias más salvaje (donde apunta, tras la sierra de Rañadoiro, la joya biológica del Bosque de Muniellos). Al este, la cordillera se aleja, flanqueada por el idílico valle asturiano de Degaña y el leonés de Fornela, hacia su primer 2000: el Cueto Arbás. Y al sur los Ancares leoneses, su cara de Levante que se aleja también hacia el mítico Cebreiro escurriendo sus valles al hundido berciano. Con mucha amargura desandamos lo hecho recortando directos el primer tramo. A mitad de trayecto, antes de caer al valle, atravesamos una espectacular mata de acebos tunelada por el ganado para huir del calor y la mosca. Llegamos al pueblo a buena hora; un excelente café de puchero, entre el sonido de la lengua berciana, nos educa y tonifica... Salimos del pueblo, salimos del valle y salimos corriendo de minas y escombreras hasta refugiarnos en la calle del agua de Villafranca del Bierzo, la mas blasonada de la ruta Jacobea. Aquí tenemos asegurado el yantar de la potente gastronomía leonesa: la carne excelente, la rica huerta y viñedos invitan, pero la reina es la trucha pequeña y exquisita (las moscas de pluma de gallo leonesa son las mejores del país).
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