Ascensión a la Pica d'Estats
Parque Natural del Alt Pirineu (Lleida)


Luis A. Page Zabala

En el famoso triángulo del noreste peninsular se encuentra definida la imprescindible Catalunya. Dos de sus lados son contundentes: el norte, enorme de montaña con el Pirineo guardián de su esencia, y el este, de mar Mediterráneo y luz para recíproca influencia. El que resta es el del oeste, que va tallado de norte a sur por el río Noguera Ribagorzana, cuyo naciente, pequeño y coqueto, se sitúa en las laderas de los picos más altos del Pirineo.

Con estas coordenadas se forja el pueblo catalán, tan particular como su montaña y tan abierto como el mar. Su saber estar ("seny") y su espíritu emprendedor son señas de identidad de este pueblo, tan sugerente como el hermoso y variado paisaje de sus comarcas.

Esta perspectiva nos impulsa a media mañana de un jueves a cruzar la depresión de Lleida surcada de canales, depresión que dejamos a la espalda para cortar por carretera las sierras pre-pirenaicas. Nos incrustamos por los desafiantes desfiladeros (Terradets y Collegats) labrados por el trabajo de las aguas de la Noguera Pallaresa en el Condado de Pallars, puerta de la memoria histórica de Cataluña; cruzamos Sort (comprando lotería, no sea que vaya a ser...) y nos llegamos a Llavorsi, viendo al mencionado río alejarse al noroeste, a sus fuentes del Val D´Aran. Ahora seguimos una carretera que a duras penas salva el envite salvaje de las aguas de la Noguera del Cardós, que también dejamos marchar a nuestra izquierda camino de sus fuentes en el lago mas grande de la cadena, el Estany de Certascán.

En Alins se juntan las últimas Nogueras: la de Tor, que marcha para Andorra, y la nuestra, La Vall Ferrera, que se dirige al norte por Areu. Nada mas llegar aquí un cartel nos dice: "Catalunya te mil anys, Areu ja estava aquí", pues aquí hemos llegado y sin probar bocado, de manera que tomamos un tentempié y seguimos rodando, ya que aprovecharemos la tarde para intentar situarnos, tras 12 kilómetros de pista, en la base de nuestro objetivo, la Pica D´Estats, el techo de Cataluña.

Salimos de Areu sin dejar la margen derecha del río donde está situado el pueblo. Entre los esplendorosos prados que se aprietan en el fondo del valle discurre la pista puntualmente devorada por las torrenteras. Cruzamos a la otra orilla y tras una fuerte subida cubierta de pinos y abetos alcanzamos las idílicas praderas del Plá de la Selva, recostadas en un hombro de la cara Norte del Monteixo.

El bosque lo envuelve todo. La cuerda de enfrente enseña su primer escalón por encima de él, hiriendo a sus árboles con profundos barrancos que bajan de los "estanys" adornando nuestro objetivo, que pronto conoceremos. Mientras tanto, en esta orilla umbría desciende suavemente la pista encajándose en el valle, cada vez mas agudo, hasta el Pont de Boet.

Abandonamos el motor a la vez que el fondo luminoso del valle se aleja hacia el Port de Boet, el valle francés de Soulcen, y la montaña andorrana. Cruzamos el río definitivamente y enfilamos la bocana del barranco D´Areste, que también cruzamos para acceder a su costado derecho, donde se protege el refugio de Val Ferrera (1.900 metros); un trago de agua fresca, unos saludos, y para arriba.

El sendero se empina, y mucho, sobre la cuerda que nos separa del Barranc de Sotllo, el Serrat D´Areste, que bordeamos a 2.200 metros en un espléndido balcón orientado al mediodía. La esbelta cima del Monteixo (2.900 metros) destaca sobre su sierra, desgajada de las cumbres de Andorra, y a la que acariciaba los pies la pista que nos trajo.

Una vez alcanzado el Estany de Sotllo ya está todo nítido (salvo un paso tonto, por lo delicado de un escarpe de unos 4 metros salpicado de raíces). Hay que superar los escalones gigantes que pulió el hielo con paciencia, antes de bajar al fondo, al "Pletiu del Sotllo", que es una recogida cubeta de pastos salpicados de pinos negros donde serpentea rumorosa el agua.

En su entorno, por las sólidas morrenas que sujetan el Estany Fonts a nuestra derecha, se descuelgan las cascadas; también y sobre todo por la del Estany del Sotllo, sobre la cual se le ven "los pelos" a la Pica. Y nuestro camino va.

Llegamos al ya citado Estany de Sotllo (el primero que pasamos) ya sin la compañía de los pinos. Lo bordeamos silenciosos cautivados por la estampa de nuestra montaña, que se acrecienta a cada paso, remontando por praderas y rocas el siguiente escalón. Y es entre rocas y praderas cuando aparece, encogido en el colosal circo, el Estany D´Estats. También poco mas arriba se ve su "Coma", inmenso pastizal cervuno que rellena la cubeta a los pies de los "tresmiles" de la Pica y el Sotllo.

La cara este de nuestro objetivo parece que se nos viene encima. Asemeja una inmensa escombrera que se alza 700 metros sobre nosotros. El tiempo acompaña y asentamos los reales.

Al día siguiente escondemos el sobrante y tiramos con lo justo hacia el clarísimo sendero. Este sube implacable por el cegador canchal, trazando una diagonal al Port de Sotllo. Lo transitado del camino facilita la compactación de las piedras desahogando la aspereza y monotonía de su pendiente demoledora. Se impone el ritmo y la paciencia.

Una vez en el Port, caemos en el lado francés de Areige, unos metros nada gustosos que luego hay que recuperar. El color rojo predominante de la roca nos hace pensar en el hierro y en el nombre del valle por el que penetramos hasta aquí. Algunos "estanys", que deben ver al año pocos días la luz, nos acompañan según avanzamos al Coll de Riufred. Los neveros resisten en muchos puntos refrescando nuestros pies y extremando la precaución.

Poco antes del Coll dejamos a la espalda el Montcalm (el otro 3.000 junto a la Pica y el Sotllo) para enfrentarnos al arreón final del agreste lomazo cimero con abnegación. Así, alcanzamos la afilada cresta de la cumbre, el 3.000 más oriental del Pirineo.

En la estrecha arista hay sitio para todo: cruz tremenda, moreneta, buzón ..., y "senyeras" rasgadas y decoloradas por los elementos. La vista desde este último gran espolón es amplísima como corresponde por su lejanía a otros de su magnitud.

Sobre el mar de nubes que cubre el norte francés destaca el inmediato Pic Rougé de Basaseis, y tras él, como una isla, el Pic de Trois Signeurs. Al oeste, tras la descompuesta mole roja del Sotllo, la dentada línea que suelda en el horizonte, de izquierda a derecha, el Peguera (en Aigües Tortes) con el Besiberri (el siguiente 3.000) y los montes malditos (techo pirenaico del Aneto), donde se realzan sus crestas por los glaciares colgados. Al este, las altivas puntas del Gabarró (en nuestro macizo) se anteponen a la coma Pedrosa Andorrana.

Llevamos buena hora y si los frenos (de nuestras rodillas) acompañan a la bajada, saldremos por otro sitio huyendo de la previsible romería del fin de semana. Calentitos llegamos al Estany D´Estats para escapar por el torrente que baja a nuestra izquierda del Estany Gelat, empotrándonos en su cauce.

Casi agradecemos la cadencia de la subida, que nos coloca en los 2.500 metros hasta asomar a la coma del Estany Fons, donde reposa el amplio lago en su balcón. Nosotros bordeamos aéreamente por un delicada y fina trocha que se apoya en otra que lo separa de la Canal Bona, hasta alcanzar el Coll del Estany de Fons y caer en la misma Canal Bona. Este valle altísimo parece estar congelado. La huella del hielo y los neveros colgados al fondo nos hacen abrigarnos instintivamente. Las aguas saltan libres por entre los apretados prados y rocas de esta larga y angosta cubeta, antes de alimentar más abajo el oscuro Estany D´Areste: El intenso color azul marino de sus aguas delata su profundidad (creo que es el mas profundo de todos).

Un quebrado sendero que discurre donde el paisaje se adorna ya de pinar lo bordea por su margen izquierda. Descendemos por la margen derecha de su desagüe entroncando con el camino que nos subió, y que ahora nos lleva al nuevo refugio donde a estos cuerpos cansados espera una merecida cerveza. De dos patadas caemos al Pont de Boet y al coche, al que volvemos a castigar con 12 kilómetros de pista. Cruzamos Areu y Alins, la capital del valle, para llegarnos a Llavorsi, donde buscamos fonda y preguntamos por los caracoles que aquí preparan de maravilla.

Tras una buena ducha y un merecido descanso nos levantamos al día siguiente para ir al sitio indicado. Damos buena cuenta de los caracoles y de una exquisita carne a la brasa que nos estabiliza los sentidos y nos permite acudir con reservas a visitar algún excelente románico (abundante en este viejo condado pirenaico), antes de volver melancólicos y cansados, pero muy satisfechos, a casa.


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