Ascensión al Pico Zapatero
Espacio Natural de las Sierras de la Paramera y La Serrota (Avila)


Luis A. Page Zabala

Adornando el paisaje del trayecto a un gran macizo, están sus cumbres periféricas, que dejamos dormidas a nuestros costados, guardando sus pequeños tesoros y disfrutando de una soledad casi perdida. Estos centinelas avanzados nos permiten observar una maravillosa perspectiva de una gran montaña y su contorno.

Nuestro campo, “estribaciones de Gredos”, nuestro centinela, “el Pico Zapatero” y sus más de 2.100 metros, exponente máximo del cuchillar berroqueño que rompe la paramera de Ávila para desplomarse al sur con huellas más que evidentes de saber lo que es el hielo. Está situado entre los puertos de Menga al oeste y Navalmoral al este, quedando al norte la amurallada ciudad y su fértil valle de árboles moteado de pueblecillos; al mediodía, de donde partiremos, quedará a nuestra espalda la pelea del río Alberche con la cuerda que casi como él, viene de los circos de Gredos desde poniente.

Saliendo del recogido caserío de Villarejo se ve mucho burrito por aquí y por allá, pacientes y resignados, todo lo contrario que inspira la imponente cara sur del cordal, con la altiva y desafiante “Peña las Cabras”. Tomaremos un vallejo que a su derecha nos llevará al “Collado del Portachuelo”, salvando un desnivel de 600 metros. Poco a poco vemos menguar los prados junto al ya intermitente arroyo, y nuestra empinada trocha se va petrificando hasta llegar al rocoso collado que, como puerta, da paso al reino de la retama (nos lamentamos de no verla vestida de amarillo) y de los pastos. Esta vertiente cae suavemente al norte, salpicando de veneros las altas tierras camperas donde “bien se quita la mosca, la famosa ternera avileña”.

Del collado tomaremos hacia poniente siguiendo el cordal para ascender al primer espolón del cuchillar, la formidable atalaya de la “Peña las Cabras”. La vista es impecable, la nieve dibuja las caras norte de “La Mira”, “El Torozo”, “Cabezo de Moros” y “El Mirlo”, que cierran hacia el sur la vista del Tajo. La peña tiene unos ingenios para transmisiones (antenas) que la humanizan un poco, pero que no llegan a hacerse con este potente bloque; desde aquí vemos el cuchillar hacia la cumbre, a imagen del macizo donde mira. A nuestros pies, al sur, el brutal arañazo glaciar que cae por un desplome de 800 metros al “Arroyo del Zapatero”, acusando el pulido del hielo que aquí existió.

Al siguiente espolón llegaremos tras un dulce collado de praderas y manantiales, sitio ideal para pasar una noche al raso. Este guerrero petrificado es el “Risco del sur”, vigilante inmutable del acceso a la cumbre, cota que alcanzamos por estos laberintos graníticos siguiendo una trocha marcada tradicionalmente, sin colorines, por hitos (montoncitos de piedras en lugares visibles) y salvando las palas nevadas de su cara norte. Desde la cima, que dispone de su educado buzón, la panorámica es ya redonda: al norte, el castillo de “Manqueospese” recorta su figura sobre el pardo y verde del “Valle Amblés”; al este se dibuja lejana Guadarrama, y al oeste siempre Gredos, hacia donde va nuestra moldeada cuerda casi paralela.

Más espaciados, varios espolones continúan el cuchillar; el último incluso es lo suficientemente apto para llamarse Fraile (o algo así), aunque nosotros, antes de llegar a él y a las romas lomas que continúan, decidimos bajar “a cholón” (en picado). Nuestras piernas, que en ocasiones van de independientes, nos llevan por un caos de fenomenales rocas que van definiendo un incipiente arroyo que se descuelga alegre, osado y primaveral, salpicando pequeños oasis de praderas tapizadas de narcisos.

Ya en el fondo del valle, el “Arroyo del Zapatero”, que se para a reposar de su agitado viaje en unas sorprendentes y tentadoras pozas, nos invita a un refrescante baño. Ante la única mirada de algunas aves rapaces que atónitas observan el espectáculo, nuestros cuerpos desnudos se van enrojeciendo a medida que, primero un pie y luego otro, nos sumergimos en sus gélidas aguas.


Una vez repuestos al sol seguimos la andadura. Poco a poco la roca va siendo domada, la piel del terreno se va colonizando y los prados se vuelven como puntas de lanza a acuñarse en el valle, aguardando en ellos los esqueletos de los “ameales” para ser cebados de fresco heno. El arbolado, mayormente rebollos, va incrementándose dando cobijo y sombra a los cansados cuerpos que traemos del implacable clima de la alta montaña interior. Ese aire fino y seco que pule y quema la cara del mudo pastor que nos cruzamos, y que viste con el ya tradicional mono azul y gorrilla-visera de “piensos Biona” o similar.

Llegando al pueblo vemos a la gente arar los huertos con bueyes, burros y arados romanos; incluso al cruzarnos con una yunta de pollinos armados que vienen de arañar alguna tierra vecina, una paisana nos dice: “para estas tierras el burro es lo mejor, muy bueno para las patatas...”.

Tras dar un trago de agua en la fuente, muy concurrida por paisanos que llegan en coche de vete a saber dónde a llenar garrafas de auténtica “agua mineral”, nos dirigimos ya motorizados a “Navalmoral de la Sierra”, dejando atrás al sosegado “Villarejo” y su particular capital, “San Juan del Molinillo”.

Como siempre y como no podía ser de otra manera, llegamos a tiempo de dar buena cuenta de la carne que aquí se cría.


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