Ascensión al Pico Orhy
Selva de Irati (Navarra)


Luis A. Page Zabala

Dejando atrás la contundencia aragonesa, los Pirineos occidentales pierden la compostura al poco de entrar en la eterna Navarra. Se desmenuzan en los montes vascos, les amagan la mar, y guiados por el padre Ebro, enfilan la Cordillera Cantábrica escapando hacia Finisterre. Esto puede verse y sobre todo creerse desde la cima del pico Orhy.

Este gigante navarro es quizá el monte más significativo de Euskal-Herria, levantándose potente (500 metros sobre los demás) viniendo desde el mar Atlántico. Su amplio cresterío, orientado de norte a sur, se alza perpendicular al eje axial de la cadena que viene desgarrándose en abismales gargantas sobre Zuberoa, en la cara norte, y los definidos valles tributarios del río Aragón al sur. Es el primero o el último dos mil del Pirineo, según se mire.

A sus pies de poniente, el pico Orhy se adorna con la magnifica selva de Irati (junto a la Selva Negra la mayor masa forestal de europa), que parece gozar de la protección de esta montaña mágica. Así lo demuestran los numerosos monumentos megalíticos y el enigmático cementerio de Okabe, que salpican las colladas de las cuerdas y pliegues que abrazan el valle del río del mismo nombre.

Montaña mágica y prominente, ésta será nuestro objetivo en un breve fin de semana de primeros del mes de abril. A media tarde nos dirigimos a los enigmáticos valles del noroeste navarro: Roncal (Erronkari), Salazar (Zaraitzu), y Aezkoa. Cruzamos Lumbier y su cuenca, donde se hermanan los ríos Irati y el Salazar formando espectaculares hoces (fozes), avanzando camino de Aragón y Sangüesa (la que nunca falló).

Imprescindible parar en la foz de Arbaiun, donde un espectacular mirador nos permite contemplar el impresionante cañón de paredes y repisas de más de 200 metros que han labrado el río Salazar. Éste discurre por las profundidades acompañado por una tupida foresta de árboles caducifolios, que contrastan con la vegetación mediterránea que nos rodea arriba. El sobrecogedor escenario de la "foz" nos acompaña mientras remontamos el Valle de Salazar.

Al atardecer llegamos a la capital del Valle, la impecable Otxagabia (Ostagi), recostada en el mediodía del largo barrerón de la sierra de Abodi; este lomazo de mas de 1.400 metros nos separa de la Selva de Irati, de los vientos atlánticos, y del mundo alpino en el que nos vamos a adentrar.

Nuestra idea es partir temprano (de mañana con las primeras brumas) desde la ermita de la Virgen de las Nieves, situada en el mismísimo corazón del bosque, y remontar por el fondo del valle hasta los pies del mismo Pico, desde donde comenzaremos la ascensión. Así pués, dejaremos un coche en el collado de Ollokia, entre Abodi y Orhy, regresando a Otxagabia a descansar y ajustar los cuerpos para el trote de mañana.

Al día siguiente salimos de noche del pueblo para retroceder por la sinuosa carretera que salva la Sierra de Abodi. En el collado de Tapla despierta la mañana, apareciendo el Orhy vestido de blanco, al fondo a nuestra derecha. Casi parece pequeño levantándose sobre la explosión forestal que se extiende sobre nosotros. En ella nos sumergimos por la gélida cara norte de Abodi, donde sobre las amplias superficies nevadas las hayas y abetos parecen clavados. La nieve desaparece en el fondo del valle, junto a la ermita, donde se unen los ríos Urbeltza (Agua Negra) y Urtxuria (Agua Blanca) formando el río Irati.


Aquí, en la margen derecha del río, en el Monte de La Cuestión (llamado así por el continuo litigio entre valles y estados, y que en gran medida ha permitido que ahora nos encontremos con un bosque de árboles monumentales), se alza la Reserva Integral de Lizardoia.

Dejamos ésta y el río Irati a nuestra espalda partiendo de la ermita por un sendero que asciende por la margen derecha del río Urtxuria. Aquí se respira la humedad del alba en una selva todavía dormida por el remolón invierno.

La trocha sube fuerte y elegante sobre un manto pardo de hojas apelmazadas. La humedad, aunque el día viene limpio y los cuerpos se calientan en este primer "arreón", aumenta la sensación de frío.

Alcanzamos los rasos de Akerreria, donde en el claro apreciamos la inmensidad del bosque. El sendero es más nítido y desciende suavemente salvando regata. Los vigorosos abetos, puntualmente, imponen su oscura estampa sobre la desnudez de las magnífica hayas predominantes. Absortos por la belleza del monte caemos dulcemente a la represa de Koista y la pista, cuya pesadez desaparece entre la sinfonía botánica que recorre.

Al superar el arroyo de Ibarrondo, que viene de la muga de Francia, agradecemos la buena idea de traernos un termo para el primer tentepié, ya que el día va templando. Vemos cómo nos acercamos al fondo del valle, donde las hayas ceden a la altura alzando sus vástagos rojizos al cielo como el mimbre.

En la última curva que vira al sur abandonamos la pista, cortando por lo sano hasta alcanzar la carretera que en breve taladra con un túnel nuestra montaña, en el puerto de Larrau. Esta carretera la ignoramos en lo posible apoyándonos en el sendero GR-11, dejando a nuestra espalda el collado donde estacionamos el vehículo y la antigua aduana.

En la boca del túnel empieza la "danza" sobre la nieve que ya manda. A pesar de la huella generosa sacamos el piolet, que luce mucho. Lo altivo de la ascensión invita a ser prudente, ya que entramos en el mundo de las aristas, las palas, los corredores, que es el mundo que manda en la coqueta pincelada de la alta montaña.

Bordeamos al primer lugarteniente de nuestro pico (el Orhy Txipia) por las inclinadas laderas nevadas del lado español (cara sur-oeste), afrontando la dura pendiente somital. Este aéreo paseo alpinístico hasta la cumbre es breve y moderadamente concurrido.

Glorioso el cielo que parecen tocar las esbeltas cumbres compartidas en el Levante con Francia y Aragón; el mar del Golfo de Vizcaya que a poniente asoma entre un sinfín de picos; la tierra del hermoso camino que hemos traído desde el oeste y la profundidad de Larrau al este, provocan el fuego de nuestros corazones, que se ensanchan al asimilar lo que perciben nuestros ojos y nuestra piel: aire, agua, tierra y fuego, los cuatro elementos en esta montaña mágica y ancestral.

La bajada es igualmente brava y delicada, a la par que concurrida; mucho paisano con sus amigables saludos de gente de monte. Tocados por las buenas sensaciones del trabajo bien hecho llegamos a nuestro abandonado coche, y rodando por la carretera caemos por el río Arduña, que corre para encontrarse con el Zatoia en Otxagabia para formar el río Salazar.

La fortaleza del caserío apiñado en estos pueblos es el reflejo del carácter tan personal de los navarros, pueblo que en la variedad de su pequeño continente ha forjado su rica y dilatada historia y la voluntad del "querer ser"; no en vano siempre tienen presente aquello de: "Ega, Arga, y Aragón, hacen al Ebro varón".

Eso sí, en Itzalzu, la calidez del restaurante y la contundencia de su cocina nos dan el último toque a nuestros sentidos. Uno de nosotros es de esta tierra: él manda.


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