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Ascensión al Pico Tesorero |
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La montaña pura y dura, sin término medio ni transición del valle a la cumbre, de estampa colosal y aspecto inexpugnable, eso son los Picos de Europa. La alta montaña sin concesiones, un escalón individualizado y extenso a 2.000 metros, donde los elementos mandan sin contemplaciones. Aquí, o quedas obnubilado en sus fértiles valles de armoniosa belleza (que descienden hasta estrangularse en asombrosas y profundas gargantas labradas sobre formidables murallones que los amparan), o afrontas los paredones vertiginosos de caliza que esconden accesos sin piedad (que anuncian, salvando tremendos desniveles, el mundo inerte de la roca y el hielo). Los Picos son las montañas cantábricas por excelencia, encajados entre el mar y la cordillera del mismo nombre. De la mar, situada unos 20 kilómetros al norte, los separa la pequeña y brava barrera de la Sierras del Cuera; al mediodía, apoyándose en ella por los puertos del Pontón, Pandetrave y San Glorio, las Picos ven pasar la cordillera que los independiza de la Meseta, y a la que priva del mar que la venía acompañando desde el Pirineo. Los Picos de Europa son tres macizos monolíticos de caliza. Debido a su monótona composición han acusado de manera bestial la acción de los elementos, configurando la grandiosidad de sus formas. Mesetas kársticas a 2.000 metros, de innumerables dolinas (aquí llamadas "jous") que dan lugar a simas monumentales (de las más profundas de la tierra). Mesetas secas que chupan el agua y que aflora, repentina a sus pies, para formar los salvajes ríos que definen de un tajo cada uno de los tres macizos. El occidental más extenso y dulce de prados y lagos, delimitado por los ríos Sella y Cares; el Central, más alto y abrupto, definido por el Cares y el Duje; y el Oriental, el más recogido y discreto, situado entre el Duje y el Deva. Ríos todos, afluentes algunos de otros, tributarios del mar Cantábrico y los más salmoneros del norte peninsular. En su entorno encontramos numerosos pueblos y aldeas cuyos pobladores, antaño dedicados en gran parte a la ganadería, hoy ofrecen sus estancias y saber al turista ávido de contacto con la naturaleza. Aún podemos encontrar vestigios del medio de vida por excelencia hasta no hace muchos años: el pastoreo. Así, muchas construcciones (cabañas, corrales, cerramientos de garmas, etc), vestimentas (escarpinos, zurrones de piel de cabra, etc.) y alimentos (quesos de diferentes tipos y sabores), delatan el entronque hombre-montaña. Pero por encima de todo esto, los sabios del monte: los pastores. Gente valiente, intrépida, recia y de buen corazón, quienes probablemente hoyaron las más de las cumbres descubriendo sus caminos entre las vertiginosas brañas e invernales. Pastores (Cainejo, Soberón, Prieto, Remis, ...) que acompañaron a quienes, cautivados por este mundo sin tregua, ascendieron a sus cumbres y propagaron sus excelencias (Saint Saud, Pidal, Schultz,..., y otros pioneros de finales del s. XIX) En un exiguo fin de semana de primavera, nuestra idea es dar un latigazo a la vieja usanza y penetrar al corazón del Macizo Central, al Pico Tesorero, donde confluyen los cordales de este macizo y las tres provincias de los Picos (Asturias, Cantabria y León). Lo haremos por la antigua vía rápida, fisura inverosímil que supera el murallón del circo de Fuente Dé. Ruta casi olvidada tras la instalación del teleférico (el cable), además de fatigosa, delicada y un punto claustrofóbica: "la Canal de la Senduda". Partiremos del microclimático valle cántabro de la Liébana, cuyo río Deva es la bufanda húmeda que marca los mediodías del Macizo Central y del Oriental desde su nacimiento, en el sobrecogedor circo de Fuente Dé (Fuente Deva). En el vivac rutero que improvisamos anoche sobre el praderón hundido del circo, salimos como larvas del saco. Aún es de noche. Tras un rápido y breve desayuno "de hornillo" vemos como el alba acaricia ya las infinitas crestas que nos rodean. Impecable la estampa colosal de Peña Remoña dibujada en la penumbra 100 metros más arriba, y que nos acompañará en los primeros pasos de un sendero (que abandonamos a la derecha en el primer quiebro) compartido con el que asciende, arañando los abismos, al Collado de Liordes (camino minero diseñado por el Ingeniero Olabarría a finales de siglo XIX). Recorremos circularmente el circo y ascendemos cómodos superando los primeros escarpes. La hierba predomina hasta llegar a la pedrera que vomita la canal, delatándola. La herida en el murallón no ofrece dudas, sumergiéndonos en ella como penitentes. La pendiente se incrementa y la pisada es inestable pero clara. La tarea es áspera. Avanzamos engullidos por la roca, acompañados de nuestros jadeos y pisadas en la silenciosa y larga fisura. Tras superar sin problemas dos resaltes que taponan nuestro empinado corredor, damos al último tercio de la canal que mengua en inclinación. La inmensa luminosidad de la piedra y la salida de la canal a los Hoyos Llorosos, donde unos laguitos dan vida al paisaje lunar, nos hace creer que tocamos el cielo. Aquí, aprovechando este pedazo del paraíso, lo que hacemos es almorzar. Tras casi dos horas de angustiosa ascensión para salvar más de 800 metros, es lo que nos pide el cuerpo. Aún es temprano cuando entre lapiaces y canchales alcanzamos la horcadina de los Cavarrobres y la pista que viene del teleférico. La seguimos mansamente a los pies de Peña Vieja (2.613 metros) hasta la Vueltona, con la vista en los Horcados Rojos, hacia donde parece ir de manera natural.. Abandonada la pista subimos por un sendero bien pisado sobre la canchalera que baja de Peña Vieja, donde aparece puntualmente la nieve. Nieve dura que predomina en las canchaleras de los Horcados. Divisamos ya nuestra piramidal cumbre, lejos de la agresividad de las que la circundan, discreta y aislada. Dejamos a nuestra derecha el collado de Horcados Rojos y al Pico Urriellu (El Naranjo), y a nuestra izquierda el inexplicable y coqueto refugio de Cabaña Verónica. Alcanzamos las plazas calizas cómodas de superar, rodeamos los "jous" tapados de nieve en dirección a la cuerda de los Urrieles, y tomamos a media ladera la vaguada que baja de la cumbre rocosa. La nieve es franca y con el piolet de compañero trazamos la diagonal hasta derecha del cono de bloques que forma la cumbre. La pirámide somital es muy gallarda pero breve; un corredor nos deja en su escueta cima. Estamos en el centro del macizo Central, en el centro de los Picos de Europa. Al noreste, el Pico Urriellu despunta con su monumental y encendida (Naranjo) cara oeste al final de la cuerda que parte de los Horcados Rojos y Peña Vieja. Al noroeste encontramos la deslumbrante y afilada cuerda del Llambrion (2.617 metros), y al norte, entre un sinfín de agujas, la que va al Torre Cerredo (2.648 metros), techo de los Picos. Al oeste, la cuerda que nos acompañó, parte quebrada hasta la esbelta figura de Peña Vieja, que se antepone al macizo Oriental. Y al sur, el salto al vacío del camino traído y las en comparación suaves líneas de la cordillera, con el magnífico mirón de los Picos: el Coriscao (asentado en las leonesas tierras de la Reina sobre el inundado y recordado Valle de Riaño). Tras dar la espalda al poniente, donde despliega el Macizo Occidental todo su esplendor, giramos 180º y desandamos el camino, abandonando los 2.570 metros del Pico Tesorero. La bajada, prudente, escalón de bloques tras escalón, hasta alcanzar el sendero que cómodamente nos deja en "el cable". Ahora si que, previsores de nuestros "frenos", usamos el ingenio del lebaniego Odriozola (el tercer teleférico más largo del mundo sin apoyos intermedios, 1.640 metros de cable salvan 753 metros en poco más de 3 minutos y medio). Nuestros estómagos se encogen en la hermética y suave caída al vacío. Nuestras rodillas y pies respiran aliviados al ver de lo que se libran. Muy buena hora para llegar a la pensión, darse una duchita, y tranquilamente hacer frente al monumental cocido montañés, ... o lebaniego.
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