Ascensión al Montgó
Parque Natural del Macizo del Montgó (Alicante)


Luis A. Page Zabala

Los Sistemas Subbéticos se desbaratan por el norte de la provincia de Alicante, para desplomarse al Mediterráneo en el cabo de la Nao. Es en la marina alta donde de manera drástica y formando tremendos acantilados se sumergen en la mar adornándose de islotes.

Este cabo y su entorno, sembrado de urbanizaciones, han escapado de las colosales construcciones turísticas del resto de la costa valenciana, en la que entre Javea y Denia, formando un mismo espacio, se encuentran la Reserva Marina del "Cap de Sant Antoni" y el "Parque Natural del Montgó".

El Montgó es una montaña de presencia imponente. Sus discretos 753 metros, que se elevan directamente sobre el mar, la hacen magnética. Tan es así que siempre ha sido una montaña referencia para los naturales y foráneos (restos paleolíticos, pinturas, ánforas fenicias, asentamiento iberos, inscripciones romanas...). El escritor Vicente Blasco Ibañez, en su novela Mare Nostrum, lo comparó a la mano de un gigante: "...Estos recuerdos le hacían volver los ojos a una mole que avanzaba en el mar, azulada por la distancia, despegada de la tierra a simple vista, como un islote enorme. Era el promontorio coronado por el Montgó, el gran promontorio Ferrario de los geógrafos antiguos, la punta más avanzada de la Península en el Mediterráneo inferior, que cierra por el Sur el golfo de Valencia. Tenía la forma de una mano cuyas falanges fuesen montañas; pero le faltaba el pulgar. Los otros cuatro dedos se tendían sobre las olas, formando los cabos de San Antonio, San Martín, La Nao y Moraira".

Así, esta atalaya cargada de historia e historias será en esta ocasión nuestra modesta meta montañera. La idea era una ascensión cerca de la mar, de nuestro mar mediterráneo; elevarnos junto a todos los azules de un horizonte liberador.

Así que fuera de temporada y con el aire limpio del invierno, salimos de Denia y nos metimos en el laberinto de chalets que se extienden al sur de la ciudad y a los pies del monte. Como era lógico nos extraviamos; preguntamos a un paisano y era alemán, pero llegamos (quizás esto sea lo más difícil del recorrido) al escuálido aparcamiento.

Tras una cadena, un camino ancho muy trabajado sube zigzagueando entre matas de coscojas y plantas aromáticas; algún pino carrasco desgarbado se eleva sobre ellas, unas veces sólo, otras discretamente acompañado. El camino alcanza una altura equidistante entre las miles de casitas, casas, casonas... que nos trajeron aquí y los extensos farallones que caen de la cumbre.

En un momento dado nuestra senda se bifurca; aquí tomamos el camino de la izquierda, que discurre acomodándose a la curva de nivel. Caminamos frente al mar, siempre cortado por la ladera. Pasamos bajo un boquete 150 metros más arriba, al pie del farallón; es la "Cova de l´aigua" (un macizo calizo como éste no podía quedar sin su cueva del agua, que incluso se llegó a canalizar).

El camino espléndido de luz nos deja cómodamente en la discreta "Cova del camell", frente al cabo de San Antonio, donde nuestra divisoria se rompe en el mar tras cruzar "les planes" (libres de chalets).


Giramos 180º y nos elevamos hacia la cresta; este camino es una bendición y no conviene abandonarlo, ya que de hacerlo nos adentraríamos en un auténtico "tuercebotas". De aquí a la cima, con el mar a la espalda, parece que caminemos hacia el cielo. Todo es espectacular.

Ya en la cumbre la sensación es de estar en un tremendo espigón sobre el Mediterráneo. Las inmensas playas que dibujan la curva del golfo de Valencia se alejan desde Denia, a nuestros pies, hasta perderse por el norte.

Al sur, bajo la protección de nuestro monte, se aprecia el vergel salpicado de casitas del valle del río Gorgos bajando a Jávea. Mas allá de nuevo el mar, la otra cara del Cabo de la Nao y la Sierra de Bernia (afortunadamente tapa Benidorm). Esta cima es de las que no ves el momento de irte. Tras un más que "tente en pié" casi nos atrapa.

La vuelta, con una caña del abundante cantueso en la boca, es majestuosa y cómoda. Desandamos nuestros pasos dando la espalda a los sistemas Subbéticos y sus valles moriscos, parando de vez en cuando sólo por el placer de contemplar.

Una vez abajo a por la paella: los ajitos, las judías, los pimientos, las chirlas, la sepia, el arroz, el caldo, las gambas de aquí, los mejillones, el azafrán ...,y un buen vino de la tierra.


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