Peña Trebinca
Monumento Natural del Lago de La Baña (León)


Luis A. Page Zabala

Al medio día del mítico Teleno y de los Montes Aquilanos se comprime la insólita cabecera leonesa, que ve terminar de cuajo los montes de León en las sierras de su mismo nombre, Sierra Cabrera y Sierra Cabrera Baja (en la linde de la inigualable comarca Sanabresa). Aquéllos separan por el norte la enigmática Maragatería y el perfil del bajo Bierzo de la profunda Galicia "do Monte".

Su cumbre mas alta, Peña Trebinca, vierte buena parte de sus aguas al Síl a través del río Cabrera, que en su amplísima curva abarca casi toda la comarca. El otro río, el río Eria, huye pronto de estos montes al nudo fluvial de Benavente.

Estas Hurdes Leonesas son casi siempre inexistentes en los mapas sencillos, situándose a desmano de todo. Es tan dura la orografía y adversa la climatología, que toda la comarca inverna como los osos (ahora el rey es el lobo) y ha condicionado en gran medida la vida de sus pobladores.

Por sinuosas carreteras, bajo las oscuras caras norte de las Sierras de la Cabrera y Cabrera Baja, cruzamos por aldeas compactas (las casas post-neoliticas confirman su asentamiento ancestral) e integradas en un paisaje repleto de lagunas por las que no se ve un alma y que jalonan los rincones de sus encajados ríos.

Remontamos primero el río Ería, que baja las aguas del Vizcodillo (2.122 mts. en el extremo oriental de la Cabrera Baja) y del ignoto Lago Truchillas al Duero, y más tarde el remoto río Cabrera. Este nace a los pies de Peña Trebinca (2.124 mts.), en el Lago de La Baña (Monumento Natural), asentado en la confluencia de la zamorana sierra Segundera y nuestra Cabrera Baja. La Cabrera será la base de nuestra solitaria ascensión a la Peña.

Llegamos pues a la última aldea, La Baña. Despuntan al sur las negras cubetas glaciares que culminan los sobrios valles, marcados como el zarpazo de un oso sobre la arena. En su descenso hacia nosotros desde la cuerda el último de ellos se esconde el ya nombrado Lago de La Baña.

Asombrados por el implante tosco de los chalets suizos (de los propietarios de las minas), dejamos el apelmazado caserío a media montaña. Según abandonamos el pueblo, un viejo de habla casi medieval nos indica el camino para el arroyo del Cadabal. El sendero remonta una loma, dejando a la izquierda cansadas tierras de labor, que se aprietan junto al arroyo Faeda, donde van las aguas del nuestro.

El sendero alcanza el arroyo del Cadabal antes de entrar en el vallejo, donde los pastos resisten la acometida del brezo, matorral dominante. También se ve algún bosquejo de rebollos y matas de abedules agrupados en frescos rincones, que han resistido la presión del hombre y ahora casi abandonados adornan nuestro caminar. Entramos limpiamente, sin posible escapatoria, hasta el fondo de la cubeta. Aquí el paraje es sobrecogedor. El fondo plano, cubierto de cómoda hierba que aún dibuja el lago que hubo, aparece ahora anegado por los derrubios de las tremendas murallas de mas de 500 metros de desnivel que confrontan el anfiteatro (el enorme pozo en el que nos encontramos nos encoge el alma).

Tras un apropiado tentempié, que nos permite estudiar el acceso a la cresta, ponemos la reductora y nos enfrentamos a la demoledora pendiente. La roca salpicada de arándanos comienza a mandar; algunos pasos son delicados por lo descompuesto del terreno, que "en ocasiones se pone de manos" y nos obliga a extremar las precauciones.

El potente desnivel nos hace ganar altura rápidamente, viendo, al volver la vista, la pequeñez del fondo y nuestra gran insignificancia. Paulatinamente se va moderando la pendiente, asomando entre la piedra cogollos de pasto cervuno y rodales de enebros enanos, que nos acompañan hacia el horizonte, donde despunta levemente Peña Trebinca. Asoma la cima a la izquierda de nuestro cordal presidiendo, junto a la Peña Negra (más cerca de nosotros y un metro más baja), la amplísima hoya del nacimiento del río Tera. Este río, en su marcha hacia el mayor lago de origen glaciar de la Península Ibérica, el Lago de Sanabria, recorre un terreno salpicado de lagos y lagunas.

Previstos del equipo necesario y dada la escasa luz que nos queda, decidimos ver irse el sol para Galicia y pasar allí la noche. Así pasamos de la claridad y extensión de los pastos Sanabreses, a la oscura y sombría profundidad de los vallejos de la Cabrera.

Al día siguiente todo cambió; el suave sonido del agua y nieve golpeando sobre la tienda, que no cesó en toda la noche, se convirtió en más de una cuarta de nieve. La niebla no muy cerrada se tragó a peña Trebinca y el viento se llevó cualquier idea de coronarla. Ahora teníamos que salir de allí y esa era nuestra tarea.

Sin alejarnos de la abrupta vertiente que nos subió, avanzamos con su referencia en el sentido previsto, con la idea de alcanzar el collado previo a lo que hubiera sido la ascensión, el portillo de Morteira Cavada. Las rachas de fuerte viento abren huecos en la niebla, una pequeña laguna se queda encogida en una blanca collada, sabemos que estamos sobre el lago de La Baña, donde queremos bajar, pero las pendientes son fuertes y están nevadas.

Peleando con los elementos alcanzamos la portilla y comenzamos a descender por una pala de nieve de asequible inclinación. Caemos al valle dejando en las cumbres las condiciones adversas. Tras "manotear" varias veces entre el matorral nevado, por perder el camino, llegamos al fondo de la cubeta, donde una corte de espinos y retamas pueblan la cola del lago. Ahora, mientras recorremos el borde del lago oscuro de aguas quietas y escasa profundidad, que se adorna de un bosquete de abedules en su desagüe (algunos caen de viejos que son sobre sus aguas), apenas llovizna.

Varias cascadas saltan entre abedules, serbales, tejos y otros árboles, dibujando un hermoso rincón. Pero un camino ancho vaticina la conmoción que sufrimos después. El vallejo está salpicado de canteras de pizarra, escombreras y barrenazos que devoran las laderas hasta alturas increíbles. Apretamos el paso y salimos pronto de aquí, uniéndonos al sonoro arroyo de Tierralallama, para llegar de nuevo a La Baña, donde los arroyos ya son el río Cabrera.

Un café de puchero junto a un excelente orujo es suficiente recompensa una vez vueltos a la humanidad. Historias de maquis que se escondieron por estas sierras, nos ilustran el pequeño bar/comercio o "colmado". Toca retirada. La agrícola y próspera ciudad de La Bañeza, de tan famoso pan, seguro que nos ofrecerá algo de la rica y contundente cocina leonesa.

Peña Trebinca sigue ahí y como dijo Marañon "lo importante de ascender una montaña no es la cumbre en sí, si no la propia ascensión".


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