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Ascensión al Monte Gorbeia |
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De entre los pueblos ibéricos del norte, quizá sea el pueblo vasco quien guarde la esencia de una relación con el monte mas profunda. Ese monte omnipresente en su paisaje y rodeado de leyendas, que ha soportado la conmoción industrial y el crecimiento de pueblos y ciudades. La tierra de los vascos (Euskalherria) es mar y monte; esquinada en el Atlántico Golfo de Vizcaya, ve nacer el Sistema Ibérico y anudarse a los Pirineos con la Cordillera Cantábrica, en un sin fin de grandes cumbres menores, modestas cimas que apenas superan los 1.500 metros., pero con unos portes desafiantes que se elevan sobre su entorno verdaderamente hermoso. Cimas magnéticas para ideales retiros, a las que se ama y se teme. Cumbres al fin, liberadoras del espíritu atrapado en las urbes, con quien pactan su humanización a cambio de respeto. Ese respeto que siempre le dieron los ancestrales caseríos (Batserris) forjados a sus pies. En estas pequeñas y bravas montañas se han curtido grandes alpinistas, no en vano, Martín Zabaleta, fue el primer español en ascender al monte Everest. Así pues era de ley, en el caminar por los montes ibéricos incluidos en espacios naturales protegidos acercarse a un monte vasco. Lo haremos, posiblemente, al más significativo simbólicamente, al mítico Monte Gorbeia (que da nombre al mayor Parque Natural de la Comunidad Autónoma Vasca), uno de los cinco montes donde se hacía sonar la sirena convocando a los junteros bajo el árbol de Guernica. En la muga de Alava y Vizcaya se alza la redonda bola verde de la cima de Gorbeia. Impone su mole pastoril y esférica sobre la descarnada y abrupta cara norte, que mira al mar y cae sobre los vigorosos y ascéticos caseríos que resisten el envite urbano entre repoblaciones de pinos. En contraste con su cara sur, desciende dibujando las serenas curvas de sus lomas boscosas, en las que se cobijan recogidas aldeas de recias casas, hasta la agrícola llanada Alavesa. El Gorbeia, montaña cantábrica, es frontera climática Atlántico-Mediterranea, punto de encuentro de vizcainos y alaveses, y hoy día Parque Natural. Aquí, son iInnumerables las txabolas y majadas que salpican sus praderas, como reflejo de una importante tradición pastoril. De hecho, la ganadería sigue siendo la base económica de la mayor parte de los caseríos de la zona. Sin embargo el bovino de leche es el ganado que más importancia posee y las vacas de raza frisona permanecen todo el año en las inmediaciones de la explotación, desligándose de los recursos de la Sierra. Para ascender al pico nos decidimos por la suave y larga ascensión de la cara sur. En el umbral del invierno, alejados de los núcleos urbanos vizcainos y apartándonos de rutas definidas por devotos, pensamos que el mediodía alavés nos dará una relación mas intima con el monte. Añadiendo el aliciente que supone hacer cima y al tiempo ver el libre horizonte del mar.
Alcanzamos rápidamente el amplísimo cordal, donde las primeras nieves resisten en extensos cordales sobre los repelados pastos. La visibilidad no da mas allá de 50 metros, pero es cuestión de ascender. El aire empapado nos acompaña por la loma hasta que poco antes de la cumbre divisamos la cruz bestial que hay instalada en la cima a modo de torre Eiffel. "¡Que pena!", no hay mar, ni Bilbao, ni siquiera el Pico Lekanda; apenas fugazmente el Aldamín. Resignados pero tonificados por los elementos, nos cruzamos con un señor en el momento de bajar. El hombre, cubierto de goma como un marinero, era un tío campechano que subió al Gorbeia porque estaba por allí cerca, reparando una manguera que daba agua a su txabola. Le preguntamos acerca de la cueva de Mairulegorreta y nos invitó a bajar con él. El señor ya tenia edad pero se movía como un gamo, eso sí, sin soltarse de una buena vara. Descendimos con él una fuerte pendiente herbosa, terreno falso por lo resbaladizo del pasto corto y empapado, donde afloran las piedras calizas y se forman hoyos, definiendo la zona kárstica. Y en un hondo tenia su txabola, donde llegaba la manguera que nos acompañó en la pendiente. El señor nos indica el camino a la cueva desde Errekasiku, su pequeño reino montano.
Así nos dejamos llevar por el fenomenal sendero y caemos como el agua del río Zubialde a los pies de Murua, dejando atrás un pequeño embalse y la pesada pista / carretera, que nos despertó del sueño mágico del bosque. Poca panorámica y mucho monte, poca pero buena gente. Lejos del "AUPA" continuo estuvimos con personas, compartimos su soledad y disfrutamos su silencio en un mágico monte envuelto por elementos, como en secreto. La montaña también es ésto, básicamente ésto: "saber estar en todo momento y respirar". Ya de noche llegamos a Vitoria (Gasteiz), donde tenemos fonda y sabemos lo que nos merecemos: otra cumbre, la cocina vasca. Sí señor, y antes del merecido descanso, un garbeo por la ciudad que merece pasear.
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