Ascensión al Monte Perdido
Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido (Huesca)


Luis A. Page Zabala

El conocimiento de la montaña implica, como todo, sumergirse en ella, asumiendo un reto que implica esfuerzo y entereza ante las dificultades y los elementos, moviendo ambos con ilusión.

Así en los comienzos del alpinismo, la gran cadena de los Pirineos terminó por abrir sus secretos atrapando la pasión de los hombres. El montañismo, actividad en apariencia inútil (se trata de alcanzar el punto donde ya no hay nada y ver qué pasa), tenía su filón en el Circo de Gavarnie. Este ciclópeo anfiteatro por el que se descuelga la cascada mas alta de Europa, escondía tras de sí su formidable cuerda, las cumbres que se creían más altas del Pirineo.

Nace pues desde Francia la leyenda-historia del Monte Perdido, el reto. Ir mas allá del sobrecogedor espectáculo del circo y subir a sus desafiantes montañas hasta alcanzar la cota mas alta, "Le Mont Perdu ", activó el magnetismo innato en el hombre hacia lo hermoso y difícil, atrapando a Raimon de Carbonieres. Él y sus hombres, con la inestimable y anónima ayuda de un pastor aragonés (siempre los pastores), hoyaron la cumbre en los albores del s. XIX, dando lugar al nacimiento del "pirineismo".

Esta vez nos vamos a dirigir, pues, a un imprescindible Monte Perdido. Y podríamos hacerlo desde Gavarnie, como los pioneros, o afrontar su infinita cara norte desde Pineta, donde guarda su glaciar de dos balcones; pero queremos bosque y recorrido con color, la variedad pausada y extensa que marca cada escalón vegetativo del maravilloso Valle de Ordesa.

En la cara sur, la otra parte del filón de Gavarnie, aparece el fascinante zarpazo glaciar por el que salta el río Arrazas, arropado por un bosque de ensueño (magnífico hayedo-abetal) situado bajo las murallas del Mondaruego, con sus circos al norte y la sierra de Las Cutas al sur, que paralelas y moteadas de pino negro, van dirigiéndose al Este. Estas murallas perfilan el valle hacia la luz inmensa del "Macizo de las Tres Sorores" y en cuyo último escalón, antes dominio inerte de la roca y el hielo, se extienden amplios pastos alpinos. De estos pastos meridionales, reino de sabios pastores forjados en el medio, salieron los primeros hombres que pisaron la cumbre y que dieron su apoyo al capitán Heredia (hay constancia pero no documentos), que ascendió al Monte Perdido en labores cartográficas a finales del s. XVIII.

Todo este mundo espectacular, quizás lo más bonito de la cordillera (con perdón de los franceses), es desde hace tiempo Parque Nacional. El terreno que vamos a pisar, aún con toda la potencia que presenta, es extremadamente delicado. Así pues, huimos del coche y carretera en la medida de lo posible.

Buscando el día, partimos un sábado de Octubre por el antiguo camino de Torla a Ordesa. Remontamos el valle, con el rugir del río a nuestra izquierda hasta casi alcanzar el aparcamiento de la pradera de Ordesa y tomar la mas que empinada Senda de los Cazadores. Ésta sube sin piedad por el bosque hasta el Mirador de Calcilarruego, 700 metros mas arriba, entre hermosos fresnos, servales, abedules, hayas, abetos, pinos silvestres y el definitivo pino negro.


Un tentempié con una vista al Norte: los murallones hundidos en los circos de Salarons y Cotatuero escondían la tierra que forjó el hielo y hoy domina la nieve. Esa área está presidida por el paraje de la Brecha de Roland, de perfecto corte, que forma parte de la cuerda de muelas y dedos que unen el Gabieto con el Marboré, y que acaba uniéndose a nuestro macizo.

También nuestro sendero se dirige, como obnubilado, hacia las Tres Sorores. Apoyado en el espléndido balcón de la Faja de Pelay abraza todo el Valle de Ordesa hasta el Circo de Soaso, en el que desde la distancia vemos escurrirse las gélidas y cristalinas aguas de la "Cola de Caballo. Superamos los escalones de roca y pasto y llegamos al Refugio de Góriz, que se localiza al pié de nuestro monte. Tras compartir en el límite de lo inhóspito el último fogonazo del sol y la noche en el refugio, nos levantamos con los primeros movimientos de las luces de los frontales.

Ya desayunados y clareando el día, con lo imprescindible, caminamos como sombras por los últimos mantos de hierba hacia los escalones tremendos que salva el sendero; éste, marcado por suficientes hitos, remonta el barranco de Góriz. Laberintos de rocas y más escalones nos llevan hasta el lago helado, poco más abajo del collado que une el Cilindro con el Monte Perdido.

Nos armamos las botas y sacamos el piolet; la vía sube nítida a la derecha, por la ruta normal. Remontamos una amplia pala que se inclina, según sube, angosta, hacia el espolón que la sustenta y separa los abismos de la cara oeste. Superamos la famosa "Escupidera", casi ignorándola, por el monótono ritmo suave del último repecho, alcanzando así el cálido casquete de la cima para sentirnos en la gloria.


Al norte podemos ver la segunda hermana del Cilindro, que casi oculta al Marboré, (pero no su cuerda) y cierra los abismos de Gavarnie. A la derecha del Cilindro continúa la cuerda por las afiladas crestas de pliegues partidos del Astazou.

A poniente, la quebrada del Valle de Ordesa. A su izquierda los pastos agostados que se extienden hacia el sur se derrumban en la oscuridad del Cañón de Añisclo, donde emerge, cúbica, la Torre de Góriz. Este sólido centinela se tiende a los pies de la tercera hermana, el "Sound de Ramond". De aquí parte hacia Levante la Sierra de la Tucas, definiendo el margen derecho del magistral valle en "V" de Pineta, que desde aquí se ve diminuto en su lineal discurrir hasta darse con "La Cotiella". Vemos también a lo lejos el Posets y el Aneto. Más próxima La Munia se levanta sobre los bucólicos llanos de Larri, que se deslizan sobre Pineta.

Descendemos por el mismo camino hasta Góriz, donde paramos a tomar un pequeño refrigerio, antes de proseguir por las clavijas de Soaso hasta caer al fondo del Valle.


Ya con la serenidad que da volver de las cumbres, bajamos las gradas que nos traen el sonido del agua y nos sumergimos poco a poco en el bosque. Llegamos a la espeluznante cascada del estrecho, que necesitamos ver cual japoneses (por lo acompañados que estamos) desde todos los sitios, y de aquí a la pradera y nuevamente a Torla.


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