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Ascensión al Pico Ocejón |
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Guadalajara es la Alcarria, luminosa y cromática tierra que late recostada sobre la margen derecha del joven río Tajo en el último mediodía del Sistema Central, antes de fundirse éste, por las tierras altas medio aragonesas, con el Sistema Ibérico y donde, verde esmeralda, viene el río arañando los Montes Universales para serenarse y definir el sur de la provincia. Todo este paisaje, salpicado de cerros testigos, parece vigilado por “el ojo que todo lo ve”; el Pico Ocejón, el Cervino Alcarreño. Esta montaña guarda celosa en torno a sí un mundo que hasta hace poco quedó atrapado y resistió, siendo ahora uno de los ombligos profundos del carácter celtiberico. Estas antiguas tierras meridionales de Ayllón (rica ciudad medieval segoviana situada al norte del Sistema Central y que da nombre a la Sierra) conservan bailes de clara influencia navarro-aragonesa, que se danzan y palotean al son de instrumentos castellanos (dulzaina y tamboril). También tienen juegos de bolos muy peculiares, que ocupan lugares preeminentes en los pueblos. En éstos las casas son de pizarra, o muchas de ellas, habiendo dado lugar a que toda la zona sea conocida como de “arquitectura negra”. Pero sobre todo hay que destacar que por los rincones de sus largos valles se esconden los últimos hayedos sureños, protegidos en ocasiones (pocas ya) de potentes rebollares y de ordenados pinos silvestres y matorral. El Pico Ocejón es el gran baluarte final de la cuerda que se estira más de 20 kilómetros al sur y perpendicularmente al eje del Sistema Central, desplegando sus elegantes 2.048 metros sobre la línea del páramo de Uceda. Este páramo, donde los campanarios no abandonan nunca el retrovisor del coche, tiene, poco antes de llegar a Puebla de Beleña, unas bonitas lagunas de sedimentación (la grande y la chica). Nuestra montaña queda al fondo, mostrando desafiante su esbelta cara sur. Las lagunas tienen en ocasiones poco agua y poca vida, aunque en el invierno crecen y reclaman con su espejo el descanso de aves. Hay que decir que son una importante zona para el descanso y albergue de aves migratorias, fundamentalmente grullas y gansos. También son muy importantes para las aves acuáticas, habiéndose constatado la presencia de poblaciones de especies amenazadas, como zampullín cuellinegro, chorlitejo chico o cigüeñuela durante el periodo reproductor, zampullín cuellinegro y zarapito real en invernada, o garza imperial, cigüeña blanca, negra, espátula y zarapito real durante los pasos migratorios. Entre las rapaces podemos citar la presencia de alcotán y aguilucho cenizo, que nidifican en el área, y la presencia durante todo el año de especies como el aguilucho lagunero o el aguilucho pálido. Las lagunas son así mismo una zona importante para la reproducción de anfibios, algunos de ellos amenazados, como el gallipato, el sapo de espuelas o el sapo corredor. Visitada este importante Reserva Natural recuperamos ruta para llegar al bien trazado pueblo de Tamajón, emplazado en el cabo del páramo, entre las cuencas del Jarama y el Sorbe. Las cabeceras de estos dos ríos configuran la Reserva Nacional de Caza de Sonsaz. Poco después del pueblo, tras cruzar una pequeña “ciudad encantada” (piedras calizas modeladas, como en Cuenca), llegamos a la ermita de los Enebrales y caemos en el mágico valle de Majaelrayo, situado en la cuenca del Jarama. Este amplio valle parece otro mundo; sus pueblos negros descansan a cobijo en el lomazo de poniente del Ocejón, que transforma su estilizada cara sur en una larga cuerda llamada Sª del Robledal. No hace mucho el valle languidecía con el abandono de sus gentes tras un fuerte aprovechamiento forestal, carboneo incluido, y la merma de la cabaña ganadera. Los matorrales (jaras, brezos,...) invadían amplias zonas llanas y muchas casas estaban en el suelo. Ahora parece palpitar de nuevo y esperemos trate de mantener con dignidad su particular forma de ser. Ya con los pies en el suelo salimos del pueblo de Majaelrayo hacia la cara oeste del pico, con la idea de alcanzar el collado más próximo a la arista que sube a la cumbre. Caminamos por trochas entre jaras hasta llegarnos a una pista que asciende en sentido contrario, pero que nos permite ganar altura; cruzamos las últimas matas de rebollos jóvenes, en cuyos bosquejos se agazapan rústicas cabañas de pizarra, abandonando la pista para alcanzar la cuerda. Aquí no es extraño oír el corto ladrido del corzo y verlo huir ladera arriba. La cumbre aparece en el fondo de una cubeta, tamizada de verde en la vaguada y flanqueada por dos aristas; decidimos avanzar por la que nos encontramos. Arriba la sensación es como estar flotando sobre el suelo. Todo está mucho más abajo. Los profundos y encañonados valles del Jaramilla y el Sorbe vienen de norte a sur por cada uno de nuestros costados; hacia el norte la áspera cuerda que hemos traído se aleja al eje del Sistema Central, donde el pico del Lobo (2.262 mts) y la Buitrera guardan, en torno al puerto de la Quesera, sus relictas joyas botánicas, los hayedos; al sur, la luz de la ondulada orografía alcarreña (se divisa con nitidez Hita, tumbada en la solana de su cerro testigo); a nuestros pies, mirando al noreste, avistamos entre espolones el apiñado y negro también Valverde. Negro también es el inmenso hito de la antecima, un cilindro de más de metro y medio de diámetro por dos de alto, hecho de bloques casi geométricos recogidos en derredor, siendo producto de la osadía del Pico, tan expuesto a los agentes meteorológicos. Destrepamos hacia la vaguada por unas zetas bien asentadas por lanchas de pizarra; la vaguada de la cubeta es suave como una pala de nieve y está tapizada por una manta de gayuba, planta que evitamos pisar gracias a los corredores de lanchas que forman las escorrentias nivales. El dulce descenso ya por pastos cervunos y algún prado definido se ve cortado en seco por la cascada de “La Chorrera”, espectacular salto de más de 30 metros. La trocha pasa el cauce y baja zigzagueando por la margen izquierda, para caer al camino. Tanto éste como la acequia parten de aquí. El salto del agua cae por un anfiteatro oscuro salpicado de vegetación a un prado presidido por un imponente roble. El escaso caudal se convierte al final del salto en infinitos hilos de agua donde los más aguerridos o calurosos pueden disfrutar de su impacto. Enfilamos hacia el pueblo vallejo abajo, cruzando algún castañar entrañable que se asienta entre desoladas terrazas y el consuelo del talludito pinar, que asentado en la cara este del Ocejón, deja escapar algún ejemplar por los espolones situados a nuestra derecha. Nos llegamos a Valverde de los Arroyos y su inigualable campo de fútbol (“magnifico prado...”). A la entrada encontramos su cálida plaza en cuesta, presidida por la iglesia y el juego de bolos. Hay poco tiempo para recuperar el otro coche yendo por estas carreteras sinuosas, que aíslan más si cabe a estas poblaciones (nos preguntamos si para bien o para mal). Una vez recuperado el vehículo nos acercamos en Majaelrayo al mesón del Jabalí; aquí es obligado preguntar por el famoso cabrito de Guadalajara..., o en temporada por níscalos, o quizá caracoles. No sé, igual son unos torreznos y un botellín.
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